—No debí creerme el dueño de la verdad ni andar inventando chismes.
—Te pido que me perdones por esta vez, somos compañeros de la misma facultad después de todo.
Y así, de la nada, Jorge bajó la cabeza.
El mismo que hace un rato se creía muy gallito.
A Cecilia le sorprendió un poco la situación.
—¿De verdad te diste cuenta de tu error, Jorge, o lo dices porque tienes miedo de que te manden a la cárcel?
Cecilia lo miró con una sonrisa a medias, medio burlona.
La maestra Lea se quedó con la boca abierta.
¿Qué diablos había hecho Jorge para que esta alumna estrella de la facultad de medicina quisiera meterlo a la cárcel?
Si la cosa era tan grave como para terminar en prisión, entonces que le hubieran vaciado un plato de comida en la cabeza no sonaba a gran castigo.
—¡¿Qué fue lo que hiciste?! —exclamó Lea, mirando a su alumno con furia.
Jorge se sentía la víctima de toda la situación.
¡Si él solo había dicho unas cosas al aire! ¿Cómo iba a saber que Cecilia llegaría armando tanto alboroto?
Solo quería darle una pequeña lección para que aprendiera a tener un poco de respeto. ¡Nunca imaginó que el tiro le saldría por la culata!
Tenía ganas de decir que todo era porque Cecilia se tomaba las cosas muy a pecho.
Pero, claro, estando frente a los maestros, no podía abrir la boca para decir eso.
Jorge hizo el intento de hablar para justificarse.
Pero no encontró las palabras adecuadas.
Lea le dio otro empujón.
—¡Ah, pero para andar detrás de las chamacas sí eres muy bueno para hablar, ¿verdad?!
—¿Por qué ahora te quedas mudo?
Lea miraba a su estudiante con total repudio.
Jorge, tragándose el orgullo, por fin cedió:
—Lo siento, maestra. Fue un error mío, no debí andar regando chismes.
Para Jorge, tener que contar todo el chisme desde el principio era sumamente vergonzoso.
Pero no le quedaba otra opción más que ser claro.
Temía que si se quedaba callado, su maestra terminaría agarrándolo a patadas ahí mismo.
Y es que la fama de tener mal genio de la profe Merino era conocida en toda la universidad.
—¿Solo por eso? —A Lea le pareció que todo este drama era un pleito de kínder.
Pero Cecilia no lo iba a dejar pasar:
—¿Le parece que esto no es grave, maestra?



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