Entrar Via

Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 121

—¿Cómo pueden tener tan mal corazón?

La mujer gritaba a todo pulmón, haciendo que todos alrededor voltearan a verlas.

Yolanda estaba atónita. No entendía cómo sugerir que llevaran a la niña al hospital las convertía en malas personas.

La madre y la hija habían bajado de una furgoneta, de esas tipo van, en la que venían varias personas desde los pueblos hacia la ciudad. Probablemente no se conocían entre sí, pero los que no tenían heridas graves se quedaron a mirar el chisme.

—¿Qué les pasa a ustedes dos? No la molesten, pobre mujer, viene a la ciudad a buscar a su marido.

«¿Y eso qué tiene que ver con nosotras?», pensó Cecilia, igual de confundida.

—Su marido hizo otra familia aquí en la ciudad, no le manda dinero y encima desprecia a la niña por ser mujer —comentaron los chismosos. Probablemente era información que la mujer había soltado durante el viaje.

—Pobre señora. Dice que la niña tampoco está muy bien de la cabeza, por eso la familia la rechaza desde chiquita.

—Quería traerla al médico, pero sin dinero, es normal que no quiera ir a un hospital grande.

—Sí, muchachas, tengan buen corazón y ayúdenla. Ya vimos que atendieron a muchos heridos y son muy hábiles, échenle la mano.

Yolanda abrió la boca, sorprendida. No imaginaba que la situación de la mujer fuera tan trágica.

—Lo siento, pero no somos doctoras. La niña tiene vidrios incrustados en la cara, necesita cirugía sí o sí. Si el problema es el dinero…

Yolanda iba a decir que ella tenía dinero y podía prestárselo para que atendieran a la niña. Al final, el seguro del accidente pagaría la indemnización y entonces podrían devolverle el préstamo.

—Si el problema es el dinero, que todos los presentes hagan una «coperacha». Cuando ella reciba la indemnización, seguro les paga —interrumpió Cecilia antes de que Yolanda ofreciera su cartera.

Al ver que su plan no funcionaba y la opinión pública cambiaba, la mujer fijó su mirada en el espray hemostático que Yolanda tenía en la mano. Había visto cómo funcionaba: un par de rociadas y la sangre se detenía. Debía ser muy bueno.

¡Y las cosas buenas siempre son caras!

Un destello de codicia cruzó por los ojos de la mujer, y Cecilia lo captó al vuelo.

—Entonces denme ese espray. Mi hija tiene la cara llena de sangre, necesito eso para pararla.

La mujer no era tonta; usaba a la niña como excusa, pero sus intenciones eran otras. Yolanda dudó. El espray era de Cecilia, no podía regalarlo así como así. Quedaba menos de media botella y había muchos heridos; no podían desperdiciarlo. Además, la herida de la niña era profunda; si el espray no bastaba, ¿qué harían?

—¡Se los ruego! No tengo otra opción. Los medicamentos del hospital son carísimos y quién sabe cuándo nos toque turno.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana