La reacción de la gente no fue la que la mujer esperaba. ¡Ese truco siempre le había funcionado antes!
—¡Se niegan a darle medicina a mi hija y encima no me dejan ir a buscar un doctor! —chilló la mujer.
Cecilia seguía sujetándola con firmeza.
—Sabes perfectamente que tu hija necesita un médico real. La ambulancia ya está aquí, ¿a dónde pretendes llevarla? Lo que pasa es que no quieres que le revisen las heridas. En la furgoneta dijiste que tu marido despreciaba a las mujeres, ¿acaso tú no estás haciendo lo mismo? Te duele gastar dinero en la niña, prefieres ni ir al hospital. ¿Y entonces quién se va a quedar con la indemnización?
Cecilia no le dio oportunidad de replicar.
En ese momento, un hombre bajó de la misma furgoneta, se acercó y trató de empujar a Cecilia.
—¿Qué te pasa, niña? La señora quiere llevar a su hija al doctor y tú estorbando. Si le pasa algo a la niña, ¿tú te vas a hacer responsable? ¡Quítate!
El hombre hablaba con voz ronca e intimidante, intentando asustar a Cecilia. Pero ella no se inmutó.
—No me toques. ¿O es que eres cómplice de ella? Dijo que venía a buscar a su marido. Tú no eres el marido, ¿acaso eres el amante?
El hombre se puso rojo de furia. No esperaba que esa «escuincla» fuera tan difícil de manejar.
—¡Qué dices! Yo solo… ¡solo quiero que sea justo! Nosotros la gente de campo no somos como ustedes los ricos de ciudad. Ella no quiere ir al hospital porque es pobre. Si tanto quieres que vaya, ¡pues dale dinero tú!
El hombre intentó usar psicología inversa. Como Cecilia se había negado a dar dinero antes, seguro se negaría ahora y quedaría mal.
—Está bien —aceptó Cecilia de inmediato.
El hombre se quedó pasmado.



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