Él empujó a Cecilia y se dio la vuelta, inmovilizándola contra el asiento.
—Tú dime —dijo Agustín con voz ronca, clavando su mirada en ella.
Cecilia sintió la ilusión de estar atrapada.
De repente, rodeó el cuello de Agustín con sus brazos.
—Oye, guapo, todavía soy una niña. Para tener novio me faltan dos años.
Su mirada era increíblemente seductora.
Agustín sintió un cosquilleo en la garganta, su mirada se volvió más sombría y le apartó las manos.
—¡No bromees con eso!
—No te atreves —dijo Cecilia incorporándose, riendo mientras se recostaba en el respaldo y tomaba su café latte para seguir bebiendo.
Agustín la miró.
—Te estás tomando el mío.
Por los ojos de Cecilia pasó un destello de vergüenza. Tenía un trago de café en la boca; no sabía si tragarlo o escupirlo.
Miró a Agustín.
—¿Y si tú te tomas el mío?
Agustín la miró con intención.
—¿No dijiste que faltaban dos años para tener novio?
—Bueno, tampoco es que no se pueda apartar lugar desde antes.
Cecilia bostezó ligeramente, con los ojos algo enrojecidos por el sueño.
Al verla así, Agustín quiso advertirle que saliera menos a divertirse.
—¿Sabes lo que estás diciendo? —Agustín no se creía ese cuento de que Cecilia se hubiera enamorado de él a primera vista.
Más bien creía que Cecilia solo lo estaba tomando el pelo.
—Guapo, ¿acaso no sabes lo atractivo que eres?
Cecilia seguía sonriendo, sin mostrarle ni pizca de miedo.
Agustín, por supuesto, lo sabía. Con su familia y su apariencia, no le faltaban pretendientes; siempre había mujeres lanzándosele encima.
Pero a Agustín ninguna le interesaba.
En cambio, esta pequeña bruja cambiante frente a él sí que llamaba su atención.
—No me provoques, no podrás lidiar con las consecuencias —le advirtió Agustín por última vez.
Realmente tomó el café latte que ella había estado bebiendo y le dio un sorbo, solo para calmar un poco los nervios.
Cecilia le devolvió la advertencia:
Klaus se tapó la boca de inmediato.
—Perdón, Cecilia, se me chispoteó.
Cecilia no quería darles más explicaciones.
—Ya me voy. Lo de hoy, que no salga de aquí.
Cecilia se refería a que no quería que aquel grupo de hombres sospechara nada.
Pero Oscar y Klaus entendieron que no debían decirle nada al jefe.
—Entendido, no diremos ni Pío. —Oscar hizo el gesto de cerrarse la boca con un cierre invisible.
Cecilia no quiso perder más tiempo con ellos.
Salió caminando y Agustín la siguió.
Klaus miró a Agustín con envidia.
Oscar le dio un codazo.
—¿Qué tanto le ves?
Klaus rio por lo bajo.
—¡Consiguió a la mujer que nuestro jefe no pudo conquistar!

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