—Abril, no digas eso. No creo que mi hermana sea esa clase de persona.
Delfina puso cara de «yo confío en mi hermana».
Abril la miró como si fuera una causa perdida.
—¿Cómo puedes creer en ella?
—Disfrutó durante más de diez años de la vida feliz que te pertenecía a ti, ¿crees que no quiere seguir viviendo como rica?
—Escuché que ahora vive arrimada con unos parientes lejanos, es una pobretona.
—Si pudiera volver a la familia Ortiz, seguro lo haría sin pensarlo.
—No es por nada, Delfi, pero eres demasiado ingenua.
Delfina ya tenía hecha bola la orilla de su falda de tanto apretarla.
En el fondo sí le tenía bastante miedo a Cecilia:
—¿De verdad?
—Claro. Tienes que cuidarte de ella. Te lo digo en serio, más vale prevenir que lamentar.
Delfina no dijo nada.
No sabía si sus papás ya se habían enterado de la noticia.
Sin embargo, deseaba que fuera verdad eso de que Cecilia detuvo a la niña y no le dio medicina.
Así, sus papás no se arrepentirían de haberla mandado al pueblo por haber salvado a alguien, ¿verdad?
—¿En qué momento me viste impedir que los salvaran? —preguntó Cecilia mirando al compañero que siempre la había visto como una espina en el costado.
—Escuché que quieres estudiar periodismo. Te sugiero que mejor busques otra carrera.
—Hasta no ver, no creer. Gente como tú, que anda regando chismes a lo tonto, si estudia periodismo solo va a servir para hacerle daño a otros.
Las palabras de Cecilia hicieron que el chico se pusiera rojo de vergüenza.
Estiró el cuello y replicó:
—¡No estoy inventando nada, tú sabes bien lo que hiciste!
—¡Mi prima lo vio todo!
—¿Y cómo lo vio tu prima? —Cecilia clavó su mirada en él.
—Vio que detuviste a una señora de pueblo que lloraba desconsolada.
El chico observó a Cecilia de reojo al terminar, esperando ver culpa en su rostro.
Pero la expresión de Cecilia seguía siendo de total calma.
—¿Tu prima estaba ahí haciendo un reportaje o qué hacía? —preguntó Cecilia de nuevo.
El chico titubeó:

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