—Ceci nunca ha pasado carencias. Con nosotros siempre tuvo nanas que la cuidaban; tenía todo a la mano. Nomás mírenle las manos, las tiene de princesa. En nuestra casa, ella no movía un dedo.
Lorena no necesitaba mirar. Sabía que en casa de los Ortiz de la ciudad, a Ceci no le había faltado nada material. No tenía intención de discutir con Ivana.
Pero a la tía Wilma no le gustó el comentario.
—La forma en que habla la señora Ortiz suena a que Delfi fue maltratada aquí en el rancho. Aunque no tenemos sirvientas, Delfi no vivió como los otros niños del pueblo. Ella siempre fue de salud delicada, se mareaba de nada, así que nadie la ponía a trabajar en el campo. ¡Mire las manos de nuestras muchachas y compárelas con las de Delfi!
La tía Wilma señaló a una niña de la familia, dos años menor que Delfina. La niña extendió las manos: estaban algo ásperas, con pequeños cortes y cicatrices. En cambio, las manos de Delfina eran blancas y finas; no parecían las de alguien que creció en el campo.
Delfina escondió las manos:
—Tía Wilma, mi mamá no quiso decir eso...
Wilma antes solo pensaba que Delfina era enfermiza, pero ahora le molestaba esa maña de hablar a medias tintas.
—La tía Wilma solo quiere decir que la abuela te consintió mucho, no tiene otra intención —intervino Cecilia en defensa de Wilma.
Delfina se calló al instante, limitándose a parpadear con sus grandes ojos inocentes, como si todos la estuvieran atacando. Cecilia no tenía ganas de seguirle el juego.
Después de comer, Lorena llevó a Delfina y a su familia a la casa para que empacaran sus cosas.
Ivana tenía más ojo que Delfina. Al entrar en la casona de los Ortiz, notó que los muebles no eran corrientes. Sin embargo, su arrogancia le hizo pensar que solo eran restos de una gloria pasada, antigüedades para mantener las apariencias.
—Delfi, veo que no tienes muchas cosas aquí. Deja los regalos que te dio tu abuela y vámonos.
Ivana despreciaba las cosas de gente de pueblo y no quería que su hija vistiera ropa pasada de moda.


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