—Tío, abuela.
Delfina Ortiz no esperaba que ellos dos aparecieran en el instituto.
¿Venían a recoger a Cecilia Ortiz?
Antes, cuando ella estudiaba en la escuela del pueblo, su abuela siempre vivía allá, pero nunca había ido a recogerla.
Y Raúl Ortiz... en sus recuerdos, nunca había sido cercano a ella.
No entendía por qué Cecilia se había ganado el favor de Raúl.
De niña, llegó a pensar que Raúl era la persona más poderosa y rica de toda la Villa Ortiz.
Después de todo, él siempre había vivido en la ciudad.
—Delfi, ¿tienes problemas con las calificaciones? —preguntó también la señora Lorena Ortiz.
En su memoria, las notas de Delfina siempre habían sido buenas. De lo contrario, no habría logrado pasar del examen de la escuela rural a la de la ciudad.
Lorena había pensado en arreglar el traslado de Delfina a la ciudad anteriormente, pero la niña había insistido en que podía aprobar por su cuenta.
Y Lorena creyó que, con sus notas, efectivamente podría hacerlo.
Ahora que, de repente, Delfina necesitaba clases particulares, Lorena se quedó algo sorprendida.
—Abuela, el ritmo de este instituto es muy rápido, no logro seguirlo. Es muy diferente a mi escuela anterior —dijo Delfina con tono de agravio.
Esperaba que su abuela la defendiera.
Cecilia también miró a Lorena.
¿Y si Lorena le exigía que le diera clases a Delfina?
Ella se negaría de todos modos. No tenía tanto tiempo. La enfermedad de Lautaro Márquez aún requería su participación con el tratamiento de acupuntura.
Lorena frunció el ceño: —Si no puedes seguir el ritmo, ¿sería mejor cambiar de escuela?
Al escuchar esto, Héctor Ortiz soltó una risa fría: —Lorena, este es el mejor instituto privado de la ciudad. Muchos padres matarían por lograr que sus hijos entren aquí.
—Mis padres se esforzaron mucho para que Delfi entrara al Cerro Claro. ¿Y usted quiere que se cambie con una sola frase?
Héctor estaba decidido a obligar a Cecilia.
Pero Cecilia no tenía intención de darle el gusto.
—Delfina y yo no nos llevamos bien. Además, no soy maestra, no sé dar clases.
—Y ya que crees que la abuela no puede pagar, yo lo pagaré —dijo Cecilia, sin querer revelar la fortuna de Lorena a la familia Ortiz.
La codicia de los Ortiz era tal que, al ver aquella almohada antigua tan valiosa, quisieron apropiársela.
Si supieran que Lorena era dueña de un lugar tan grande como La Belle Cuisine y que controlaba el Grupo Dorado, una empresa que cotiza en bolsa, se le pegarían encima para no soltarla.
En ese momento, no solo Delfina se negaría a marcar distancias con la abuela Lorena.
Temía que incluso Arturo Ortiz quisiera reconocer a Lorena como su madre.
—¿Y con qué vas a pagar tú? —Héctor, que había sido medianamente cortés con Lorena, fue directo al ataque con Cecilia.
Cecilia lo miró como si fuera un imbécil: —¿Acaso olvidaste que vendí mi almohada de madera de agar por veinte millones?

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