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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 176

Héctor, al ver que su hermana no decía nada, tampoco quiso mencionar un asunto tan vergonzoso, sobre todo con Cecilia y la abuela en el patio. Sería un oso que se enteraran.

Cecilia fingió no ver lo desastrosos que lucían.

Ivana, con el corazón en un puño por sus hijos, los mandó a bañarse y cambiarse de inmediato.

—La familia Gallegos está por llegar, no pueden recibirlos así, es de mala educación.

Ivana se ocupó de ayudar a su hija a arreglarse, maquillándola personalmente. Delfina quedó muy guapa con el vestido de cóctel que su madre eligió; Ivana estaba encantada con cómo se veía.

Delfina se veía tranquila y bonita, con un aire de niña bien portada.

Cecilia no se había arreglado nada, traía puesta una chamarra cualquiera y realmente no se podía comparar con la producción de Delfina. Pero, quién sabe si por genética o suerte, Cecilia tenía una cara que lucía bien con o sin maquillaje. Su belleza natural era una ventaja que no se valía.

Arturo llegó primero a casa, y poco después arribaron los Gallegos. Todos salieron a recibirlos, menos Paloma y Cecilia.

—¿Y Cecilia? No la veo por aquí.

A la señora Gallegos le caía bien Cecilia; la había visto crecer, conocía sus antecedentes y era una chica excelente. Decir que era su nuera le daba prestigio. Ahora que se enteró del cambio de nuera, varias de sus amigas se habían burlado de que su hijo se casaría con una «campirana».

Aunque también fuera hija de los Ortiz, comparada con Cecilia, la diferencia era abismal.

Sin embargo, al no ver a Cecilia y toparse con una Delfina tan bien arreglada por Ivana, pensó que la chica era pasable. No le llegaba a los talones a Cecilia, pero tampoco era un desastre.

La señora Gallegos, mientras tanto, hacía sus comparaciones en silencio.

—Ceci, qué ingrata, ni nos has ido a ver en estos días —dijo la señora Gallegos con tono cariñoso.

Aunque iban a cambiar de nuera, la señora Gallegos trataba a Cecilia con mucha calidez. Pero Cecilia sabía que era pura fachada. La señora Gallegos quería alzarla a ella para darle un bajón a Delfina y demostrar que no estaba satisfecha con el cambio. Y la consecuencia de esa insatisfacción era clara: si los Ortiz querían que su hija viviera bien con los Gallegos, tendrían que soltar dinero. Subir la dote era inevitable.

Cecilia, aunque no se dedicaba a los negocios, entendía la jugada. Y más la entendían esos viejos lobos de mar.

Arturo también lo captó y consideró la propuesta que su esposa le había hecho la noche anterior. Como los Gallegos no estaban contentos, tendrían que darle a su hija el cinco por ciento de las acciones como dote.

Originalmente, para Cecilia, iban a ser el tres por ciento, y los Gallegos darían otro tres por ciento como regalo de bodas.

Pero ahora, con Delfina, los Gallegos exigían más valor.

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