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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 18

—Nos haría un gran favor si nos guía, señorita. Una vez que veamos a la señora Lorena, todo se aclarará, ¿no le parece?

—¿Guiarlos? —Ivana miró a su hija—. Ya está oscureciendo, tenemos prisa por volver a la ciudad.

Delfina se aferró al brazo de Ivana:

—Mamá, vienen de muy lejos, no me cuesta nada guiarlos. Al fin y al cabo, vienen a buscar a la abuela. Además... tengo curiosidad por esa almohada de Madera de Agar.

Delfina no mencionó que podría ser la misma almohada con la que había dormido. Si realmente lo era y no se la llevaba, ¿no estaría perdiendo mucho dinero? El hombre dijo que su patrón vino desde lejos a rogar por ella; debía valer una fortuna.

—La Madera de Agar es algo muy fino, vale oro. Pero tu abuela... no es por menospreciarla, pero si tuviera algo tan caro, ¿crees que viviría en este rancho pasando carencias?

Ivana susurró, pero el hombre de traje la escuchó perfectamente. Confirmó sus sospechas: esta mujer no sabía nada del linaje de Lorena. O era una ignorante con aires de grandeza.

—Señorita Ortiz, la luz cae rápido y el camino es malo. Por favor, ¿nos guía? —insistió el hombre, queriendo ignorar a Ivana.

Delfina miró hacia el carro, pero los vidrios polarizados le impedían ver el interior.

—Está bien, los llevaré.

—Gracias —agradeció el hombre con sinceridad antes de abrir la puerta trasera.

Del auto bajó un joven vestido de traje y corbata, con un abrigo largo sobre los hombros. Llevaba gafas de montura dorada y sus facciones resaltaban bajo la tenue luz de los faros. Delfina se quedó maravillada, hasta que una mirada afilada se clavó en ella.

Se sobresaltó y bajó la cabeza rápidamente.

—Señor, ella es la nieta de doña Lorena —presentó el hombre, que en realidad era el mayordomo, Rafael.

—Por favor, señorita Ortiz, indíquenos el camino.

Héctor no se fiaba y decidió acompañar a Delfina. Ivana, aunque tenía el tobillo lastimado, tampoco quiso quedarse atrás. Estaba convencida de que tenía razón: si la vieja tuviera tesoros, no viviría así. Apoyada en su hijo, cojeó de regreso al rancho.

Cecilia, al ver regresar al grupo, se quedó confundida. Y más al ver que traían gente nueva.

—¿Por qué regresaron?

Cecilia estaba sentada en una mecedora en el patio, cubierta con una manta y acariciando un gato atigrado que Lorena tenía. El gato se llamaba Luna.

—Hermana, unos invitados buscan a la abuela, así que los guié —explicó Delfina, echando un vistazo a Luna.

Ese gato nunca había sido cariñoso con ella. De hecho, Luna no quería a nadie más que a Lorena. Y ahora estaba ronroneando en el regazo de Cecilia. Delfina apartó la mirada, incómoda. No quería admitir que sentía celos de Cecilia.

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