Ivana frunció el ceño:
—¿Cómo es que los maestros fueron los que te llevaron a poner la denuncia?
El asunto ya era del dominio público. Ivana pensaba que, con todo eso, Cecilia terminaría retirándose del campamento de invierno.
¿Quién iba a imaginar que las cosas acabarían así?
—¿Usted qué cree? —reviró Cecilia.
Ivana lo comprendió al instante: los maestros realmente valoraban a Cecilia. Era una candidata prometedora para las competencias internacionales.
La Asociación de la Olimpiada de Matemáticas no iba a permitir que nadie ensuciara la reputación de Cecilia.
Por eso la habían acompañado a la policía.
Ante un escándalo así, en lugar de ceder a la presión de los internautas y expulsarla, ¡habían ido a las autoridades!
Ivana sentía una indignación que le quemaba el pecho, pero no podía hacer nada. En Villa Solana, la familia Ortiz tenía sus contactos, pero sus influencias no llegaban hasta Viento Claro.
—Ceci, hay que saber perdonar. Si al final esto se hace público en internet, la gente va a decir que eres una rencorosa y que te tomas todo demasiado a pecho.
—Son ellos los que no me dejan en paz. Yo no me metí con nadie.
Ivana soltó sin pensar:
—Si no hubieras ofendido a esa tal Abril en el instituto...
¡Abril no habría ido tras ella!
—Señora Ortiz, no recuerdo haberle hecho nada.
—Al contrario, ella me agarró coraje porque no le presenté a Héctor.
—Pero claro, usted es tan generosa que no le importa vender a su propio hijo sin pestañear.
Ivana entendió de golpe: Cecilia sabía que ella había prometido a Abril presentarle a su hijo.
Cecilia no le dio oportunidad de seguir discutiendo y colgó.
El Profe Tovar, que había escuchado toda la llamada, miró a Cecilia con preocupación.



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