El Profe Zúñiga, que escuchaba a un lado, miró a Valentín:
—¡Vaya que te lo tenías bien guardado, muchacho!
Él no había ocultado nada, pero la familia Ortega, que ya había adivinado la identidad de Cecilia desde hacía tiempo, no le había dicho ni pío.
Se estaban cuidando hasta de él.
El Profe Zúñiga se sintió un poco dolido, pero lo entendía.
Si no fuera porque conocía bien el carácter de su alumna, tampoco habría hablado del tema delante de Valentín.
Cecilia dudó un momento, pero finalmente asintió:
—Está bien, iré mañana.
Hoy ya había quedado con sus amigos para cenar y no quería dejarlos plantados.
—Está bien. —Valentín temía que Cecilia no aceptara.
Al escuchar que sí, respiró aliviado.
Por fin había cumplido lo que el abuelo le había pedido.
—Estos documentos son de tu madre, puedes llevártelos. —El Profe Zúñiga le hizo un gesto a Cecilia con la mano.
Cecilia negó con la cabeza:
—Usted los ha conservado muy bien, mejor que sigan aquí con usted.
El profesor no rechazó la idea:
—De acuerdo, yo los guardo. Si quieres verlos, puedes llevártelos cuando quieras.
Cecilia hojeó brevemente los apuntes de Luciana; tenía una letra delicada y un pensamiento ágil. Resolvía muchos problemas de competencia de la manera más sencilla posible.
Cecilia pensó que tal vez sí había heredado el talento de su madre.
Antes de que se fuera, el Profe Zúñiga la detuvo.
—Cecilia, si quieres saber sobre el pasado de tu padre, puedo llevarte a buscar al que fue su maestro en aquel entonces.
Tanto Luciana como Néstor habían sido figuras destacadas en la escuela.
—Claro, vendré a buscarlo otro día que tenga tiempo. —Cecilia no se negó.
Salió de la oficina del Profe Zúñiga junto con Valentín. El rostro de él reflejaba gentileza.
—Mañana es posible que sean un poco efusivos contigo, no te asustes.
En la tercera generación solo había tres varones; tanto su madre como su tía adoraban a las niñas.

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