El chófer no insistió; no era hombre de muchas palabras.
Esa señorita y el señor Ortiz se parecían bastante en ciertos aspectos: a ninguno le gustaba que se metieran en sus asuntos.
—Señorita, ¿vamos directo al restaurante o prefiere pasar a casa a cambiarse?
Por lo general, cuando una chica tiene una cita, seguro quiere arreglarse y ponerse ropa linda.
Cecilia miró la hora; ciertamente era temprano:
—A cambiarme.
Al llegar, no había nadie en casa, así que se cambió rápidamente.
Recordando el perfeccionismo de Jenny, decidió maquillarse un poco, algo natural.
Raúl pasó a recoger a Cecilia a la casa.
Habían quedado de verse en el restaurante; alguien más se encargaba de recibir a Jenny.
Por supuesto, como anfitriones, ellos llegaron primero.
Jenny solo se retrasó cinco minutos.
Al ver a Cecilia, se emocionó muchísimo.
—¡Oh, por Dios! Qué guapa, eres la chica más hermosa que he visto en todo Mirasia.
Jenny se comunicó con Cecilia en un español bastante tropezado y aprovechó para darle un abrazo efusivo.
—Gracias, tú también estás muy guapa —Cecilia se apresuró a apartar a Jenny.
Seguía sin gustarle esa efusividad extranjera.
Al ser apartada, Jenny miró a Cecilia con ojos de cachorrito abandonado.
Cecilia mantuvo su postura con total naturalidad.
Jenny gesticuló con los labios: «¿No te remuerde la conciencia?», a lo que Cecilia respondió con una sonrisa.
«Lo siento, no tengo de eso».
Jenny no tuvo más remedio que posar su atención en Raúl.
Si este hombre no fuera el tío de Cecilia y el futuro socio, realmente le habría gustado silbarle.
Una vez que se quitó el saco, los músculos bajo la camisa de aquel hombre eran imposibles de ocultar.
Esa cintura firme hacía que a cualquiera se le cayera la baba.
—Ejem… —Cecilia, al ver a Jenny en ese estado, tosió un par de veces para que reaccionara.
Jenny volvió a la realidad:

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