—Cecilia, si no quieres ayudarme a buscar a Delfi, allá tú.
—¡Espero que nunca tengas que venir a rogarle a los Ortiz un día de estos!
Cecilia levantó la barbilla:
—Entonces, ¿qué es lo que ocultas?
—Son solo ideas tuyas, no hay nada de eso. —Héctor dio media vuelta y se fue.
El guardia de seguridad salió a mirar; al ver que Héctor se iba y que Cecilia estaba bien, suspiró aliviado.
—Señorita, ¿está bien? Ese hombre dijo que su hermana vivía en este residencial, pero cuando le pregunté quién era, no quiso decir.
El guardia estaba perplejo; si decía que su hermana vivía ahí, debería saber el número de casa, pero el tipo no sabía nada.
Era como si hubiera venido a atrapar a alguien en una infidelidad.
—Señor, gracias. Si vuelve a verlo, no lo deje entrar.
—Quiere obligarme a tener novio, pero estoy en tercer año de prepa, ya casi es el examen de admisión a la universidad.
—¿Cómo voy a descuidar mis estudios por él?
Cecilia mentía con una naturalidad pasmosa: cuando estaba fuera, se inventaba una versión de sí misma y listo.
El guardia le creyó:
—Con razón. Quién lo diría, se veía muy decente, pero resultó ser una fichita.
—Mire señorita, le digo algo: el estudio es más importante que nada. Está en último año, tiene que estudiar duro, no se distraiga con novios.
—Alguien tan bonita como usted, cuando llegue a la universidad, le van a sobrar pretendientes. Ese tipo se ve que tiene dinero y buen porte, pero seguro es mucho mayor que usted; no se compara con alguien de su edad que la entienda bien.
El guardia sí que sabía hablar.
Cecilia le levantó el pulgar:
—Tiene usted toda la razón.
El guardia sonrió contento:
—Ándele, váyase a su casa que ya es tarde, no vaya a ser que su familia se preocupe.
—Yo estaré al pendiente de ese tipo por usted.
—Gracias, señor —dijo Cecilia.

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