—Ceci, el tiempo apremia, te lo ruego.
Ante el tono tan solemne de Vicente, Cecilia tuvo que tomarlo con la mayor seriedad.
—Don Vicente, salgo ahora mismo.
Cecilia no dijo más. A esa hora, ciertamente mucha gente no querría ser molestada. Pero había una vida en juego, y considerando su relación con Vicente y Rodrigo Serrano, no podía negarse.
Cecilia colgó el teléfono y comenzó a empacar. No había mucho que preparar; se puso una chamarra encima sin siquiera cambiarse la ropa de casa y tomó sus agujas de oro.
Lorena ya había notado el movimiento de su nieta.
—Ceci, ¿qué pasa?
—Abuela, hay un paciente en situación crítica, necesitan a alguien para detener una hemorragia. Tengo que salir.
Cecilia no le ocultó nada a la anciana.
—Que Raúl te lleve.
—Yo te llevo.
La anciana y Raúl hablaron casi al mismo tiempo.
—No es necesario, solo préstame tu coche, tío.
Cecilia miró a Raúl. Él frunció el ceño.
—¿Estás segura? Es muy tarde, ¿vas a manejar sola?
—Vendrán a recogerme, solo no quiero perder tiempo esperando aquí.
Raúl miró a la anciana, quien asintió.
—Confía en Ceci, ella puede.
Con la aprobación de la matriarca, Raúl le entregó las llaves a Cecilia.
—Es mi coche, ¿podrás manejarlo?
Raúl estaba genuinamente preocupado por la seguridad de su sobrina. ¿No lo estaba Lorena? Naturalmente que sí. Pero confiaba más en que Cecilia no era de las que hablaban por hablar. Si decía que iba a manejar sola, era porque tenía la capacidad.
—No hay problema, le agarro el modo rápido.
—Ten cuidado —dijeron mientras la acompañaban a la puerta.

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