—Con razón tus ideas nunca se agotan.
Cecilia la miró de reojo. Jenny abrió mucho los ojos y se tapó la boca con la mano.
—Ceci, debes tener hambre, te serviré un poco de caldo.
—Y aquí hay unas gorditas de quelites que hizo Wilma esta mañana, están riquísimas.
Jenny cambió de tema rápidamente.
Cecilia sonrió para sus adentros y dejó que le sirviera la comida.
—Las gorditas de Wilma huelen muy bien, me encantan.
Acompañadas con un poco de encurtidos, un huevo duro y un tazón de caldo, ¡era perfecto!
Después de desayunar, Cecilia se paseó por el patio, abrazó al gato de su abuela y, al ver que unos niños la miraban por la rendija de la puerta, les hizo señas para que entraran y les dio un puñado de dulces a cada uno.
—¿No tienen frío?
Al ver al niño con las mejillas rojas por el frío, Cecilia le acarició la cabecita.
Ese niño era Alex.
Como Cecilia lo había salvado, él la quería mucho.
Siempre andaba corriendo detrás de ella.
—No tengo frío —Alex negó con la cabeza.
Fue a agarrar la mano de Cecilia.
Cecilia se sorprendió al notar que la mano del niño estaba calientita.
—Qué calientito estás.
Cecilia sostuvo su mano y la apretó un poco.
—Traigo mucha ropa.
El niño señaló su abrigo nuevo y le sonrió a Cecilia.
Cecilia asintió.
—¿Cecilia, quieres jugar con nosotros?
Alex la invitó.
—Mejor no, vayan ustedes a jugar.

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