—Si no peleamos ni arrebatamos nada, ganamos más.
—Te aconsejo que no seas tonta tú tampoco.
Josefina se quedó callada. «No puedo razonar con ustedes, ¡mejor voy a buscar a Cecilia!».
—Quiero ir al pueblo a buscar a Cecilia —soltó Josefina de repente.
Wilma fulminó a su hija con la mirada:
—¿Se te zafó un tornillo o qué?
—¿No ves cuánto odian tus tíos a Cecilia?
—Si vas, tu tía seguro hará que su marido le ponga el pie a tu papá en la empresa.
—¡Chamaca tonta, ya estate quieta!
Josefina puso cara de inconformidad:
—¿Por qué no puedo ir a buscarla?
—Tú quieres ir a verla, pero no creo que ella quiera verte a ti.
—Siempre estabas en su contra y se llevaban fatal. Si vas, ni te va a pelar, y hasta capaz que te echa los perros del rancho. A ver qué haces entonces.
—Los perros de pueblo no son como tu Coco; son bravos de verdad.
Wilma le advirtió a su hija que dejara de soñar despierta, recordándole que ella y Cecilia se habían llevado mal desde niñas.
A Josefina no le importó:
—Ahora no tengo conflictos de interés con Cecilia, ¿quién dice que no podemos llevarnos bien?
—El enemigo de mi enemigo es mi amigo. ¿Nunca ha escuchado esa frase, mamá?
Wilma suspiró:
—¿Entonces quién es tu enemigo? ¿Y por qué quieres enemistarte con esa persona?
Aunque Delfina hubiera regresado del campo, seguía siendo la consentida de Ivana.
Con lo imprudente que era su hija, le preocupaba de verdad que hiciera enojar a su cuñada.
—Yo... —Josefina se tragó las palabras que tenía en la punta de la lengua.
Por supuesto que no iba a decir que Delfina y ella eran rivales de amores; a ella le gustaba Ramiro.
Aunque, bueno, ahora ya no le gustaba tanto.
No había necesidad de decírselo a su mamá.
Después de comer, llamó a Cecilia.
Arturo se sorprendió un instante ante la petición de Delfina, pero luego lo comprendió.
Al fin y al cabo, Delfi había crecido en Villa Ortiz; era normal que extrañara el pueblo.
No como Ceci, que le guardaba rencor a la familia y se negaba a volver para las fiestas.
Era una buena oportunidad para reconciliarse con Ceci, así que Arturo accedió sin pensarlo dos veces:
—Entonces iremos mañana temprano. Dile a tu mamá que prepare lo necesario.
—Iremos toda la familia a visitar a la abuela.
—También para agradecerle por haberte criado.
Ivana se molestó:
—¿Agradecer qué? Nosotros criamos a Cecilia como una reina y resultó ser una malagradecida.
—Esa vieja apenas y crio a nuestra Delfi, y mira qué bondadosa y educada salió la niña.
Ivana hablaba desde su filtro de madre biológica.
En realidad, para Arturo, Delfina era demasiado caprichosa y no precisamente sensata.
Sin embargo, que supiera ser agradecida era algo bueno.

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