—Cecilia es realmente despiadada, ¿qué gana con meter a Abril al reformatorio?
—Antes no se le notaba, seguro le traía ganas desde hace tiempo. ¿No ven que Abril, al ver que Cecilia resultó ser la hija falsa, se la pasaba adulando a Delfina y pisoteando a Cecilia cada que podía?
—Abril tenía la boca muy suelta, es verdad, pero nadie es tan cruel como Cecilia. Me da miedo ser su compañero de clase.
Todos comentaban que Cecilia se había pasado de la raya.
Sandra no pudo aguantar más y se puso de pie de golpe:
—¿Qué tanto murmuran ahí? Si tienen algo que decir, ¡díganlo fuerte!
—Ahora resulta que son unas almas de la caridad. Claro, como no fueron ustedes a los que obligaron a renunciar al campamento de invierno.
—Como no fue a ustedes a quienes acusaron de hacer trampa y de tener relaciones indebidas con los directivos.
—Como no fueron ustedes a quienes en redes insultaron, calumniaron y les tiraron odio.
—¿Qué derecho tienen de juzgar a Ceci?
—¿Acaso ustedes, al igual que Abril, quieren convertirse en acosadores cibernéticos?
La elocuencia de Sandra había mejorado muchísimo; con unas cuantas frases puso a sus compañeros en su lugar y los dejó callados.
Pero al pensarlo bien, todos se dieron cuenta de que tenía razón.
Cecilia era la víctima, y ellos estaban culpándola por ser demasiado dura con la agresora.
Al ver que Sandra la defendía, Cecilia supo que si no decía nada, pensarían que tenía miedo.
Tiró suavemente de Sandra para que se sentara.
Luego barrió con la mirada a sus compañeros.
—Hoy fui yo, pero mañana quién sabe si les tocará a ustedes.
—Ojalá nunca les toque pasar por algo así ni toparse con alguien como Abril.
—De lo contrario, quiero ver quién de ustedes tiene tanta santidad en el corazón como para perdonar fácilmente a alguien que intenta destruir su vida.

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