Cecilia no necesitó voltear para reconocer la voz de Héctor.
—¿Qué quieres? —Cecilia miró a Héctor y a Delfina, que estaba a su lado.
—Vamos a cocinar en casa al mediodía. Ven a comer con nosotros, deja de comer cosas de la calle.
Héctor creía que estaba siendo amable.
Delfina secundó a Héctor:
—Sí, Cecilia, come con nosotros.
—¿Acaso Héctor sabe cocinar? —expresó Cecilia con duda.
—Yo no, pero Delfi sí.
A Héctor no le gustaba que Cecilia lo menospreciara.
—Puedo ser su ayudante.
Delfina asintió:
—Sí, Cecilia, tal vez no lo sepas, pero allá en el rancho mi abuela casi no cocinaba; por lo general lo hacía yo.
—Empecé a aprender a cocinar a los ocho años.
Cecilia había escuchado algo al respecto por boca de Paloma Ruiz y de Wilma.
Era cierto que Delfina empezó a aprender desde pequeña, pero no era que la pusieran a cocinar diario.
De hecho, a Lorena le preocupaba que su nieta se quemara, así que prefería que Wilma dejara la comida lista.
Salvo en época de cosecha, e incluso entonces, dejaban los ingredientes preparados para que Delfina solo tuviera que calentarlos.
Pero para los oídos de Héctor, la historia sonaba muy distinta.
Le dolía el corazón por Delfina; ya era bastante malo crecer en el campo, pero ¿tener que cocinar desde los ocho años?
¿Qué hacía Cecilia a los ocho años?
Crecía como una princesita, tomando clases de piano, pintura, danza...
Pedirle a una Delfi con ese pasado que le cocinara a Cecilia... Héctor sintió que no podía permitirlo.
Cambió de opinión de golpe:
—Si no quieres ir, olvídalo. Delfi, vámonos.
Le daba vergüenza que Cecilia comiera la comida hecha por Delfina.

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