—¿Qué tal está?
Agustín le sirvió comida a Cecilia.
Los demás en la mesa fingieron demencia, concentrados en sus platos, como si no hubieran visto nada.
Solo Alba soltó una sonrisita cómplice, esa mirada de «tía orgullosa».
Cecilia, al escuchar la pregunta, se terminó el camarón gigante que Agustín acababa de pelarle y asintió.
—Está muy bueno. Lo difícil es conservar el sabor original de los ingredientes; por ejemplo, este camarón está muy fresco y dulce.
Incluso sin salsa, era una delicia difícil de encontrar.
—Me alegra que te guste.
Al ver a Cecilia comer con gusto, Manuel, quien había organizado la reunión, pareció darse cuenta de que la identidad de esa jovencita no era cualquier cosa.
Era la protegida de Agustín.
¿Cuándo se había visto a Agustín ser tan atento y detallista con una chica?
La mayoría de las mujeres que se le acercaban a Agustín ya podían darse por bien servidas si no terminaban llorando por sus comentarios fríos.
Alba, que era muy sociable, ya sabía que esos muchachos buscaban a Agustín para conseguir inversión.
Ella no se metió, solo dijo que si había algún buen proyecto, la incluyeran.
Aunque, claro, a Alba no le faltaba dinero.
Agustín hablaba de inversiones con ellos sin mucho entusiasmo, respondiendo de vez en cuando.
Hasta que terminó la comida, no les había dado una respuesta definitiva.
Sin embargo, al ver que Cecilia estaba satisfecha, justo antes de irse, le soltó una frase a Manuel:
—Prepara bien el plan de negocios y búscame en la oficina otro día.
Manuel sintió una alegría inmensa en el pecho. ¡Había esperanza!
Él sabía perfectamente que Agustín no tenía paciencia para estas cenas de negocios hoy, pero su humor había mejorado al ver a la jovencita.
Y como a ella le había gustado el platillo «Sinfonía de la Tierra», Agustín terminó cediendo.
Cuando Agustín se fue, todos rodearon a Manuel preguntando si el trato se iba a hacer.
—Hoy nos topamos con un ángel. Agustín no tenía ningún interés, pero como la chica comió a gusto, decidió darnos una oportunidad por ella.
—No los molesto más, tortolitos.
—Agus, asegúrate de llevar a Ceci sana y salva a la mansión de la familia Ortega. Si le falta un solo cabello, será tu culpa.
Alba le advirtió con una sonrisa que no llegaba a ser broma del todo.
Agustín sabía que lo decía con cariño, así que asintió con seriedad:
—Lo haré.
En cuanto Alba se fue, Cecilia miró a Agustín.
—Pensaba ir mañana a la casa de la familia Sandoval, pero ¿qué te parece si vamos de una vez para revisar al abuelo?
—¿No estarás muy cansada? Mañana está bien —dijo Agustín, pensando que ella ya había tenido un día pesado.
Pero a Cecilia le daba igual.
—No pasa nada, así mañana puedo dormir hasta tarde antes de regresar a Villa Solana.
—¿Qué te pasó en la cara? —preguntó Agustín. No es que no lo hubiera visto antes, sino que no había encontrado el momento para preguntar.

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