—Nada grave, hubo un accidente de tráfico hoy y me raspé un poco.
—¿Cómo que un accidente así de la nada? —Ezequiel se preocupó al instante.
—Eres una muchacha joven, si te queda cicatriz será un problema.
Cecilia sonrió:
—Soy médico, le aseguro que no dejaré que me quede ninguna marca.
—Usted tranquilo.
—Cierto, cómo pude olvidarlo —dijo Ezequiel riendo.
—Aun así, aunque seas médico, debes tener más cuidado.
El rostro de una joven no es algo que se deba arriesgar a la ligera.
Aunque a él no le importaba si a su futura nieta política le quedaba una cicatriz, le preocupaba que la gente se le quedara viendo feo a Cecilia.
La familia Sandoval, aunque no era de la realeza, se movía en círculos de dinero.
Y a la gente de ese círculo le encantaba criticar y hacer menos a los demás.
—Entendido —dijo Cecilia. Con el abuelo no se atrevía a replicar.
—Ya no me regañe, mejor déjeme checarle el pulso.
En cuanto dijo eso, el abuelo intentó esconder la mano.
—¿Ha estado bebiendo a escondidas?
—No —el abuelo negó rápidamente con la cabeza—. Aparte del vino medicinal que me diste, no he tomado nada más.
—¿Se pasó de copas?
El vino medicinal es tanto medicina como alcohol; si la indicación es una cantidad exacta, beber de más no trae ningún beneficio.
La mirada de Ezequiel titubeó.
A veces, cuando se le antojaba, se echaba un traguito extra a escondidas.
¿No se supone que el vino medicinal quita el dolor?
Pues él hacía de cuenta que le dolía la pierna.
—¡Abuelo! —Agustín se quedó sin palabras.
No podía estar vigilando al anciano las veinticuatro horas, y no se esperaba que su abuelo le saliera con esa travesura.
Además, eso era medicina, no cualquier bebida. ¿Cómo se le ocurría tomárselo como agua?
—Es que se me antojó y me eché un traguito más.

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