—Si no fuera porque usted descubrió su enfermedad y actuó de inmediato con las agujas, a mi hijo le pudo haber dado algo serio.
La señora Villegas tomó las manos de Cecilia con una expresión sincera.
—...De nada —respondió Cecilia.
¿No venían a reclamarle?
Sintió una pizca de decepción. ¿Qué estaba pasando?
La que estaba más decepcionada era Lila, quien tenía una cara de incredulidad total.
—Señora Villegas, ¿usted no venía a... —«¿a armarla de tos?».
¿Por qué le estaba dando las gracias a esa maldita mocosa?
Esta vez, la señora Villegas miró a Lila con severidad:
—Lila Trejo, nunca dije que venía a pelear. Tú fuiste la que malinterpretó todo.
»Estoy muy agradecida con la señorita Ortiz, y ojalá hubiera más gente tan buena como ella en esta sociedad.
—Pero... —Lila no se resignaba.
—Guárdate tus celos. Una chica tan joven y guapa como la señorita Ortiz, ¿cómo se iba a fijar en el cabeza de chorlito de mi hijo?
—¡Jajaja! —Cecilia no pudo aguantar la risa.
La señora Villegas resultó ser simpática; cuando se enojaba, no perdonaba ni a su propio hijo.
—Solo las interesadas de poca monta, que nomás ven el dinero de la familia, se le lanzan a mi hijo el menso.
Esa indirecta fue más directa que una pedrada.
Cecilia vio cómo a Lila se le subían los colores a la cara.
Si quería casarse con un millonario y no aguantaba ni ese golpecito, no iba a llegar muy lejos.
—Señorita Ortiz, interrumpí su comida, ¿verdad?
La señora Villegas dejó de mirar a Lila y soltó las manos de Cecilia:
—Solo quería pedirle su contacto. Después, mi esposo y yo quisiéramos invitarla a comer para agradecerle.
Cecilia se negó:



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