Cecilia alejó el celular con calma:
—Nunca te he amado, gracias.
—¡Bah, qué gacha eres! —la insultó Josefina—. Siento que reprobé el examen y ni siquiera me consuelas.
—Te llamé antes y nadie contestó, ¿dónde te habías metido?
Cecilia respondió:
—No tengo tu energía. Apenas terminé el examen de admisión y caí rendida. Estaba dormida y tenía el celular en silencio.
—¿Que no tienes energía? ¿Cómo pudiste participar en la competencia y en el examen de admisión al mismo tiempo?
Josefina replicó:
—Yo creo que usaste demasiado el cerebro estos días y por eso necesitas descansar.
—¿Ya te despertaste? Voy a buscarte.
Josefina hablaba hasta por los codos, mientras que Cecilia era de pocas palabras.
—No vengas, ya casi es noche. ¿Vienes a gorronear la cena?
Cecilia ya había descansado y quería bajar a dar una vuelta.
Después del examen de admisión, tocaba disfrutar la vida.
—Ándale, por favor, señorita Ortiz, déjame ir. Si me quedo sola en casa me voy a volver loca.
Josefina había terminado el examen y estaba esperando a que sus amigas vinieran a visitarla a Villa Solana.
Luego planeaban irse juntas de viaje de graduación.
Pero antes de eso, no tenía nada que hacer y quería estar pegada a Cecilia.
Cecilia, resignada, dijo:
—Está bien, vente.
Colgó el teléfono y le dijo a Lorena:
—Abuela, Josefina viene para acá.
—Esa niña te quiere mucho. Hizo el examen contigo, ¿no? ¿Cómo le fue?
En realidad, a Lorena no le importaban mucho las calificaciones, solo preguntaba por convivir.
—Regular. Antes corría el riesgo de no entrar a ninguna licenciatura, a lo mucho a una carrera técnica. Después de meses de estudiar a marchas forzadas, no estoy muy segura.
Las calificaciones de Josefina eran realmente malas, a diferencia de las de Delfina.
Aunque la educación de Delfina había sido promedio, tenía buenas bases.

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