—Hola.
Cecilia no esperaba encontrarse con la compañera de la chica que le gustaba a su primo.
Qué relaciones tan complejas.
—Hola, me llamo Rocío, puedes decirme así.
La chica se alegró mucho al ver que Cecilia sabía quién era Moana.
Jaló a Cecilia de la mano para contarle el chisme:
—Te cuento, Moana es mi compañera de cuarto. Cuando estudiábamos, todos sabíamos que estaba enamorada de su profe Ortega.
—Lástima que nunca tuvo la oportunidad de confesarse.
—Pensamos que con la graduación se le iba a pasar, pero no esperábamos que se aventara a decirlo ese día en el aeropuerto.
¿Qué podía decir Cecilia?
—Tal vez quería cerrar un ciclo, o tal vez el encanto del profe Ortega es demasiado y Moana no pudo aguantarse.
El amor platónico no es algo de lo que avergonzarse.
El noventa por ciento de la gente lo experimenta en su época de estudiante.
Para Cecilia, una chica como Moana era muy valiente.
Aunque Valentín Ortega no aceptara esos sentimientos, después de esa confesión en el aeropuerto, toda la familia Ortega, chicos y grandes, ya sabía de la existencia de Moana.
—A veces no la entiendo, es muy terca.
Rocío le contaba esto a Cecilia solo para romper el hielo.
No tenía intención de burlarse de la vida privada de Moana.
El tema cambió rápidamente.
—Siento que eres increíble. Si yo estuviera en tu lugar, me habría paralizado del miedo, pero tú lograste darle la vuelta a la situación…
Con razón ganó la medalla de oro, esa calma es nata para las ciencias exactas, ¿no?
Rocío no paraba de echarle flores a Cecilia.
Cecilia mantuvo la calma:
—El instinto de supervivencia hace que el cuerpo rinda al máximo.

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