—¿Cómo crees?
Cecilia soltó una risa y luego dijo con intención:
—Mira esa cara de Agustín, ese cuerpo... ¡Seguro que a tu prima se le antojó por guapo!
Rayan se quedó pasmado un momento, pero reaccionó rápido.
Agustín ciertamente tenía el capital para provocar esos pensamientos.
Pero su prima tampoco se quedaba atrás.
—Entonces puede que tú también le gustes a él.
—¿Entonces no somos la pareja perfecta? —a Cecilia no le importaba en absoluto.
Rayan se quedó pensativo:
—...Lo que dices tiene mucho sentido. —Al menos no podía refutarlo.
—Rayan, no te preocupes por mí. Es solo un compromiso. Los mayores acordaron que cuando cumpla veinte años tomaré una decisión.
—Si para entonces tengo a alguien que me guste, haremos de cuenta que el compromiso no existe. Si no, lo haremos oficial.
Cecilia le explicó la situación.
Al escucharlo, Rayan sintió alivio de que su prima no estuviera en desventaja.
—Eso está bien. Aún no has entrado a la universidad; quién sabe, tal vez allí conozcas a alguien más guapo. Tener más opciones nunca es malo.
—Todavía eres muy chica, no puedes dejarte atar por un compromiso.
De lo contrario, si la historia se repetía como con Luciana, ¿no sería como si la familia Ortega rompiera el compromiso por segunda vez?
Si se supiera, la familia Ortega sería la criticada.
Pronto terminaron el tema porque llegaron al hospital.
Al llegar, Cecilia y Ángel fueron a visitar a la madre del niño.
Rayan, por su parte, mandó a preguntar sobre la condición de Alejandra.
Al saber que la enfermedad de Alejandra era producto del agotamiento y el descuido, y que tenía posibilidades de curarse con el tratamiento adecuado, Rayan no dijo ni una palabra más y depositó una suma en la cuenta del hospital.
Doscientos mil pesos, suficientes para cubrir los gastos médicos de Alejandra.
—Él quería llevarse la piedra para pagar sus deudas de juego. Afortunadamente, yo ya se la había vendido a la señorita Ortiz un paso antes.
Alejandra estaba pálida, pero miró a Cecilia con profunda gratitud.
—Gracias, señorita Ortiz. Si no fuera por usted, me temo que ahora Ángel y yo estaríamos separados por la muerte.
Cecilia negó con la cabeza:
—No hice nada especial. Simplemente me gustó la piedra, fue una transacción justa.
—No tiene por qué darme las gracias.
Alejandra no lo veía así.
—Usted no lo sabe, aunque esa piedra me la dejó mi papá, mucha gente decía que no valía nada. La probabilidad de que saliera algo de calidad extra era mínima, y la de que fuera basura era enorme.
—Siempre engañé a mi exmarido diciéndole que la piedra valía mucho dinero, para que supiera que aún teníamos algo de valor y no se le ocurriera abandonar o vender a Ángel.
—Para conseguir esa piedra, él nos seguía la corriente y no se atrevía a vender al niño...
¿Marco había pensado en vender a Ángel? La mirada de Cecilia se enfrió.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana