Hay que decir que la zona de Rivella no era precisamente la más segura.
Pero los guardaespaldas que traía Rayan no eran ningunas peritas en dulce.
Los que intentaron pasarse de listos terminaron sometidos.
Los locales ya sabían de dónde venían y prefirieron no buscarle ruido al chicharrón.
Así que esa noche estuvo muy tranquila.
—Dos gemas... la que es totalmente cristalina, ¿la quieres para hacer joyas?
Aunque Agustín quería las dos, respetaba más la intención de Cecilia.
—Sí, esta me la quiero quedar —Cecilia pensaba que la familia de su abuelo le había dado muchos regalos de bienvenida anteriormente.
Ahora que había tenido suerte con las piedras en bruto y sacado buenas gemas, pensó que sería un buen detalle regalarle una pieza a cada miembro de la familia.
—Está bien.
—¿Te ayudo a gestionarlo o prefieres que tu primo busque a alguien para tallarlas?
Agustín siempre consultaba a Cecilia.
A Cecilia le daba igual, así que miró a Rayan: «Rayan, ¿conoces a algún maestro tallador que sea muy bueno?».
—Conocer sí conozco, y tengo colaboradores, pero transferirte las piezas no es seguro.
—Tengo que regresar a Veridia, mejor que te ayude el señor Sandoval.
Rayan no se estaba lavando las manos por flojera, sino porque realmente no tenía las facilidades de Agustín en ese momento.
Además, tenía su propia lógica.
Si él quisiera regalarle algo a su prima, buscaría la piedra él mismo y mandaría a hacer el juego completo, ¿para qué hacer que ella use sus propias gemas?
—Me parece bien —aceptó Agustín.
Le transfirió dos millones a Cecilia por la otra piedra, la de calidad gema, que decidió quedarse.
—¿No será mucho dinero?
Cecilia recordaba que las ofertas anteriores rondaban entre un millón cien y un millón doscientos mil.
Ella pensaba que un millón doscientos ya era un precio altísimo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana