—Ya mérito, mañana salen.
Dijo Cecilia mientras comía una pata de cangrejo, como si nada.
El tío Thiago se preocupó: —¿No estás nerviosa?
Mañana se sabría si Cecilia lograba el primer lugar en el examen de admisión.
Todo el pueblo estaba al pendiente de los resultados de la muchacha, y ella era la única a la que le valía gorro.
—¿Nerviosa de qué? Que sea lo que Dios quiera; si me va mal, tengo el pase directo asegurado.
Cecilia había rechazado el pase directo, pero la Universidad de Viento Claro, viendo su talento, quiso esperar sus resultados del examen.
Al saber que quería estudiar medicina, los profesores de matemáticas se daban de topes contra la pared.
Esperaban que Cecilia lo reconsiderara.
Pero Cecilia ya tenía su decisión tomada.
—Tener buena actitud es bueno.
Lorena se terminó dos cangrejos y solo tuvo elogios para la actitud de su nieta.
Al terminar de cenar, la abuela cargó a Luna y salió a caminar al patio.
Cecilia se quedó ayudando a la tía Wilma a recoger los platos, pero en cuanto los puso en el fregadero, la tía Wilma no la dejó meter las manos.
—Vete a dar la vuelta afuera, yo lavo.
El tío Thiago entró a la cocina detrás de ellas: —Sí, aquí no haces falta, ve a acompañar a tu abuela.
Cecilia no pudo contra ellos, así que salió con la abuela.
Lorena no se sorprendió al verla salir.
Acarició el lomo de Luna: —Mira, ahí viene Ceci.
Cecilia tomó a Luna de los brazos de la anciana: —Abuela, ¿no quieres venirte una temporada a Villa Solana conmigo?
Lorena negó con la cabeza: —Ya se viene el calor fuerte, Villa Solana no es tan fresco como el campo.
En el campo sí que estaba más fresco; con este clima corría viento y al mediodía con un abanico tenías para echarte una siesta.
Incluso en lo más fuerte de julio o agosto, con un ventilador bastaba.

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