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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 620

—¿Qué va a hacer cuando termine de estudiar? ¿Entrar a la empresa de la familia Ortiz a calentar la silla y cobrar sin hacer nada?

—No sabes cómo se burlaron de mí las señoras hoy. No voy a tener cara para salir en varios días.

Wilfredo estaba sentado en el sofá viendo las noticias; al escuchar a su esposa, mantuvo una expresión indiferente:

—¿No se hizo todo esto para fortalecer la cooperación con la familia Ortiz?

—No olvides que todavía estamos desarrollando proyectos juntos.

—A una hija adoptiva nunca la van a valorar igual que a la de sangre.

—La culpa es de tu hijo que no se pone las pilas.

—Si tu hijo fuera listo, tendría contenta a Delfina y perseguiría a Cecilia. Se quedaría con las dos.

Wilfredo no estaba bromeando; eso fue lo que pensó desde el principio.

De esa forma, la mansión de Cecilia también pasaría a la familia Gallegos, y no tendrían que romper relaciones con la familia Ortiz.

La familia Ortiz, pensando en sus dos hijas, aunque tuviera quejas, seguiría colaborando con la familia Gallegos.

Lástima que criaron a un hijo demasiado honesto, incapaz de hacer algo así.

—Wilfredo, esa forma de pensar está mal.

La señora Gallegos frunció el ceño instintivamente:

—Solo piensas en quedarte con las dos hijas, ¿pero no has pensado en cómo reaccionaría la familia Ortiz?

—Dejando de lado a Arturo, incluso Ivana no toleraría que alguien lastimara a su preciosa hija.

—Y la familia Ortiz todavía tiene a la abuela, que según dicen, adora a Cecilia.

—Si se arma un escándalo, la alianza entre las dos familias se iría al diablo.

Los hombres eran todos iguales, soñando con tener a varias mujeres atendiéndolos al mismo tiempo.

La señora Gallegos, siendo mujer, no quería que su hijo se convirtiera en alguien que juega a dos bandas.

—Solo era un comentario, mira nada más, ¿por qué te lo tomas tan a pecho? —Wilfredo pensó para sus adentros que ya sabía a quién había salido el hijo.

Su tonta esposa no entendía nada de los negocios.

—No me digas que tú también tienes esas ideas... —La señora Gallegos miró a su esposo con sospecha.

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