—Ya no digas nada.
Delfina se negó a seguir escuchando.
Perla suspiró.
—Delfi, sé que esto se ha convertido en una herida que no puedes cerrar.
» En aquel asunto, yo también fui una víctima. Si perdieras a tu hijo por culpa de alguien más y te dijeran que nunca más podrías tener hijos, ¿qué pensarías?
» No pude aceptarlo en ese momento, me cegó el deseo de venganza.
» Delfi, pregúntate a ti misma, ¿de verdad toda la culpa es mía?
—¡Fue usted quien cometió el pecado! —soltó Delfina sin pensar—.
» ¡Si usted no se hubiera metido en un matrimonio, no habría quedado embarazada y no habría pasado lo que pasó!
¡Qué malagradecida!
Perla no esperaba que Delfina dijera algo así.
Desde su punto de vista, había cuidado de Delfina durante años y existía un vínculo afectivo.
Delfina siempre había dicho que la veía como a una madre.
Pero al final, ¿no estaba poniéndose del lado de su madre biológica?
Bueno, mejor así. Ya no tenía por qué tener consideraciones.
—Aunque yo me lo haya buscado, el verdadero culpable es Arturo.
» Si él no me hubiera engañado, ¿cómo habría yo…? Yo era joven entonces, fácil de engañar, pero Arturo era un hombre con familia.
» Al hacer eso, ¿acaso pensó en su esposa y en su hijo?
» ¿Por qué tengo que pagar yo todos los platos rotos? ¿Crees que un simple «lo siento» de su parte puede borrarlo todo?
» Delfi, yo de verdad te he tratado como a mi propia hija. Todos estos años quise decirte la verdad sobre tu identidad, pero…
» No pude. Aquel hijo que perdí se convirtió en una espina en mi corazón.
Sus palabras eran mitad verdad y mitad mentira, la mezcla perfecta para engañar a alguien.
Y Delfina, efectivamente, se dejó engañar.

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