—¡No importa quién sea Cecilia afuera, aquí adentro es una alumna más!
El maestro en realidad apreciaba a Cecilia; al fin y al cabo era brillante. ¿Qué importaba si no era hija de los Ortiz?
Con las calificaciones de Cecilia, podría aspirar a ser el primer lugar en el examen de admisión a la universidad. ¡Su futuro era brillante!
—Ay, por favor...
Aunque respetaron al maestro y dejaron de hacer ruido, algunos compañeros seguían mostrándose despectivos.
Si Cecilia no fuera hija de los Ortiz, ni siquiera habría podido entrar al Instituto Internacional Horizonte; no tendría derecho a ser su compañera.
¿Quién le iba a tener respeto ahora?
Cecilia miró a la compañera que hizo el sonido de desprecio. Era una chica que solía ser muy barbero con ella, aunque hablaba mal a sus espaldas.
A Cecilia no le gustaba lidiar con gente así, pero su mirada parecía tener tal filo que la chica encogió el cuello.
Luego sintió que no tenía por qué acobardarse.
Cecilia ya no era una Ortiz, ¿por qué debería tenerle miedo?
Así que la chica le devolvió la mirada desafiante.
Pero para entonces, Cecilia ya no la estaba mirando.
Porque en ese momento, aparecieron dos personas más en la puerta.
¡Héctor y Delfina!
—Buenos días, maestro. Hice los trámites de transferencia para mi hermana. A partir de ahora estudiará en este grupo.
Transferir a Delfina a este instituto fue una decisión acordada por toda la familia.
Originalmente, Arturo quería esperar a que salieran los resultados de la prueba de ADN, pero Ivana y Héctor estaban impacientes.
Ivana creía que cada día que pasaba era un día más que Cecilia le robaba la vida a Delfina.
Delfina debía ser la princesa que todos envidiaran, y por supuesto debía asistir a la mejor preparatoria de todo Villa Solana.
Aunque Delfina había logrado entrar a una escuela en la ciudad por sus propios méritos, su escuela no se comparaba con el Instituto Internacional Horizonte.


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