Ivana se quedó muda. Con lo aferrada que estaba Irene buscándole novia a su hijo, ¿cómo era posible que le gustaran los hombres?
Espera, ¿le gustan los hombres?
Si el joven Quintana de verdad fuera un buen partido, a Irene no le costaría nada conseguirle una esposa.
¿Qué necesidad tendría de negociar con la familia Ortiz y aferrarse a una de sus hijas?
¿Acaso lo único que buscaban era una niña dócil e ingenua para que les diera nietos?
Ivana por fin ató cabos y entendió toda la situación.
¡Qué astuta resultó Irene!
Se la había jugado por completo.
Pero en ese momento, no podía admitir la verdad por nada del mundo.
Ivana se sentía como una víctima; a ella también le habían ocultado la información.
Al sentir la mirada afilada de su suegra evaluándola, sintió que por mucho que hablara no podría defenderse.
Hoy en día había mucha gente con gustos diferentes, pero nadie tenía el descaro de engañar a otra familia para un matrimonio arreglado como lo estaba haciendo Irene.
—¿Chismes de qué? Cecilia y yo lo escuchamos con nuestros propios oídos.
Josefina torció los labios:
—Salimos a cenar la otra noche y nos cruzamos con ese gordo. Y no solo le gustan los hombres, sino que ya tiene a alguien.
—Esta foto se la tomé mientras andaba de cariñoso con otro tipo.
—Menos mal que le tomé foto como prueba, si no, la tía iba a pensar que nada más estoy inventando pretextos.
Dicho eso, Josefina mostró otra imagen.
Dos hombres se tomaban de la mano, mirándose con puro amor, y uno de ellos le estaba sirviendo comida en la boca al joven Quintana. Evidentemente, eso iba mucho más allá de una amistad de compadres.
¡La foto hablaba por sí sola, era una prueba irrefutable!
¡Y bastante desagradable a la vista, por cierto!
Esta vez no hizo falta que Wilma hablara. Thiago soltó un fuerte golpe en la mesa.

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