Después de pedirle a la secretaria que acompañara a Arturo a la salida, Raúl le marcó a Cecilia.
Cecilia estaba profundamente dormida en su casa, pero se le había olvidado poner el celular en silencio.
Contestó el teléfono con el mal humor típico de quien acaba de ser despertado:
—¿Bueno?
Raúl lo notó de inmediato y dijo con un tono de disculpa:
—¿Ceci? ¿Te desperté?
—Sí... ¿qué pasó, tío?
Raúl le resumió la visita de Arturo.
—En realidad, la abuela Lorena casi no se mete en los asuntos de la empresa, pero si crees que deberíamos echarle la mano, yo me encargo de arreglarlo.
—Si prefieres no involucrarte, entonces yo...
—No hace falta —lo interrumpió Cecilia antes de que terminara la frase.
—¿No te preocupa que la gente diga que eres malagradecida por darles la espalda a quienes te criaron?
Raúl levantó una ceja.
Le daba mucho gusto confirmar que su sobrina no tenía un pelo de tonta.
En el futuro, Grupo Dorado terminaría en manos de Cecilia. Si fuera débil de carácter o ingenua, quién sabe cuánto tiempo lograría mantener a flote la empresa.
—Si supieras lo que están dispuestos a hacer con tal de conseguir un préstamo del banco, no me dirías eso.
Cecilia le contó a Raúl que la familia Ortiz pretendía casarla con el hijo de Erik Quintana por conveniencia.
Y, por si fuera poco, le dejó muy claro que al joven Quintana solo le gustaban los hombres.
Raúl se enfureció al instante.
—¡Qué tontería!
—¿Saben perfectamente que ese infeliz de la familia Quintana es una basura y aun así te querían obligar a casarte con él?
—¡Cuál gratitud por la crianza, lo que querían era venderte!
De haberlo sabido, no habría recibido a Arturo hace un rato. Lo habría dejado esperando hasta que entendiera el mensaje.
—Ceci, ¿por qué no me contaste esto antes?

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