Al ver que Ivana seguía molesta y llena de resentimiento, Héctor le contestó:
—La verdad es que ella no tiene ninguna obligación de cuidarme.
Eso hizo que Ivana se enojara aún más:
—¿Seguro que eres mi hijo? Me indigno por ti y, en vez de apoyarme, te pones en mi contra. Qué sincronizados están ahora ustedes dos.
Héctor y Delfina se quedaron en silencio.
Se daban cuenta de que Ivana estaba cada vez más irracional, pero realmente no sabían qué decirle.
La presión que soportaba ella en ese momento debía ser mucho mayor que la suya. Vivía con la angustia constante de que pasara algo con la familia, temía que la pierna de su hijo no volviera a ser la misma. Y, sobre todo, temía que Arturo le pidiera cuentas una vez que superaran la crisis.
Pero, ¿acaso era culpa de ellos? ¿No habían sido las propias acciones de Ivana las que habían provocado todo eso?
Al ver la actitud de sus hijos, Ivana se sintió aún peor.
Si Arturo no le hubiera fallado primero, ella no habría actuado en un arranque de furia... Sus hijos no la comprendían, y no tenía con quién desahogar su frustración.
Desde luego, Cecilia no sabía que Ivana estaba resentida porque no había ido a visitar a Héctor.
Y aunque lo hubiera sabido, le habría dado igual. Nada de lo que dijera Ivana podría afectarla.
En el laboratorio, Cecilia se sumergió en un intenso trabajo.
Incluso almorzó ahí mismo. No fue sino hasta salir de turno por la tarde que se dirigió a la cafetería del hospital.
Cecilia usó la tarjeta de comida de Fabio Calvo y cenaron juntos en la cafetería.
Aunque la comida del hospital no era nada del otro mundo, al menos era higiénica.
Al día siguiente era fin de semana; Fabio Calvo había pedido permiso para llevar a Cecilia de visita a su pueblo natal.
Su familia vivía en un pueblo cerca de Villa Solana.
En su momento, él se había empeñado en irse de allí porque vivir con su padre le resultaba muy agobiante. Los años de desacuerdos entre padre e hijo comenzaron a cambiar cuando él reconoció las habilidades de Cecilia en la herbolaria y medicina natural.
Tal vez, la decisión que su padre tomó en aquel entonces era la correcta y él había sido quien albergaba prejuicios hacia la medicina tradicional.
Delfina también bajó a comprar comida; había escuchado que en la cafetería preparaban un caldo nutritivo excelente para quienes habían perdido mucha sangre y se sentían débiles.

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