Después de todo, el escándalo destapado por la familia Gallegos no había resultado ser tan grave como el problema en el que estaba metida la familia Ortiz.
Además, Iván era mucho más astuto que Arturo.
—Iván también le está buscando una salida al asunto; como ningún empresario local adinerado quiere involucrarse en ese relajo, mejor se fue de viaje para buscar alternativas.
Conseguir que alguien comprara el proyecto no era algo sencillo.
Así como a Arturo se le ocurrió buscar al Grupo Novaterra de Agustín, Iván también tenía sus propios contactos.
Cada quien ponía su máximo esfuerzo por intentar lavarse las manos de aquel terrible proyecto en la zona oeste de la ciudad.
—¿De verdad? Papá, vete preparando mentalmente, es muy posible que el joven Ramiro vaya a...
¿Vaya a qué?
Héctor ni siquiera necesitó terminar su frase para que Arturo comprendiera el mensaje.
Con el semblante oscuro, respondió:
—A estas alturas, es normal que los Gallegos quieran deshacer nuestro trato.
—En los negocios no hay amigos, es puro instinto de supervivencia; no los culparía si Iván decide apuñalarme por la espalda en este momento.
Y aunque lo entendiera de manera lógica, le resultaba imposible aceptarlo en su corazón.
A fin de cuentas, Iván y él se conocían de toda la vida.
Los padres de ambos habían sido muy unidos.
De no ser porque consideraban la amistad de sus familias casi sagrada, nunca habrían establecido desde tan temprana edad que en un futuro emparentarían.
Pensaba que la confianza con Iván era indestructible, pero, viéndolo bien... ¡comparada con el apellido y la fortuna, cualquier tipo de relación quedaba de lado!
Arturo dejó salir un pesado suspiro:
—Si ellos de verdad encontraron otra forma de resolverlo, salir raspados será lo de menos, el problema aquí sería que la familia Gallegos pretenda destruirnos sin piedad.
Si los Gallegos de pronto botaban su inversión y abandonaban el pacto, toda la presión recaería por cuenta de los Ortiz.
Justo después, al salir, Arturo se encontró con Cecilia, quien recién terminaba su turno de laboratorio.
Su rostro se iluminó por completo:
—¡Ceci!
Sin embargo, Cecilia, al cruzarse con él, no se sintió nada emocionada de verlo.
—¿El señor Ortiz vino al hospital a ver a Héctor?
Si en este momento ni él mismo podía lidiar con sus problemas, ¿por qué iría al hospital a matar el tiempo?

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