Mientras hubiera una luz de esperanza, Arturo no se daría por vencido.
—Mire, hoy mismo preparo toda la documentación y vuelo personalmente a Viento Claro para que lo platiquemos cara a cara. Después usted lo somete a junta directiva para decidir. ¿Le parece bien?
Hacía mucho tiempo que Arturo no tenía que rogarle a nadie con tanta humildad.
Pero era la única salida para encontrar una luz y salvar a la empresa.
—Si usted tiene tiempo, señor Ortiz, por supuesto.
A decir verdad, los resultados del examen de admisión estaban por publicarse.
Era un hecho irrefutable que Cecilia sería aceptada en la Universidad de Viento Claro.
Aunque Arturo no hubiera hecho todo este circo, Agustín ya planeaba viajar a Villa Solana.
El abuelo no quería por nada del mundo que él faltara a la fiesta de celebración de Cecilia.
Y le había insistido mil veces que le preparara un buen regalo a la joven.
Claro que, incluso sin la presión del abuelo, Agustín pensaba asistir en persona.
Arturo colgó y soltó un suspiro de alivio.
Se dio la vuelta con la intención de darle las gracias a Cecilia, pero descubrió que ella ya se había ido.
Arturo sintió un nudo en la garganta.
¿De verdad Cecilia lo detestaba tanto?
¿Ni siquiera le interesaba saber cómo había terminado la llamada? ¿Simplemente lo dejaba botado y se iba?
Por mucho coraje que hiciera, Arturo no podía obligarla a nada; solo le quedaba tragarse su berrinche.
Sin embargo, las noticias que llevó de regreso sirvieron para levantarle el ánimo a toda la empresa.
Hasta su hermano Thiago estaba muy contento, olvidando por completo el pleito reciente que habían tenido cuando la familia de Arturo quiso obligar a su hija a comprometerse.
—Arturo, si el señor Sandoval del Grupo Novaterra nos echa la mano, ¿la empresa de verdad se salva?
Thiago era un hombre conformista y sin ambiciones. Si andaba todo estresado ahora era porque una quiebra de la familia Ortiz significaría el fin de su vida acomodada.

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