Siempre creyó que Cecilia era una huérfana adoptada por la familia Ortiz.
Quién iba a pensar que se trataba de un caso de bebés intercambiados.
Pasada la sorpresa, Elías finalmente entendió la situación.
El chisme del intercambio había hecho mucho ruido, pero Elías jamás imaginó que terminaría conociendo a una de las protagonistas.
—Entonces, ¿la relación de Cecilia con esa familia no está muy...? —insinuó Elías, recordando a los padres que la habían criado.
Al principio, ni siquiera sabían que Cecilia poseía tales habilidades médicas.
A pesar de que la doctora Ruiz abogó por ella, el matrimonio se negaba a creerle.
Daba la impresión de que la señorita Ortiz tenía una relación muy distante con ellos.
O habían acabado mal, o simplemente nunca habían sido cercanos desde que ella era niña.
Seguramente ese matrimonio tampoco asistiría a la celebración de hoy.
—¿Cecilia solo tiene a su abuela? ¿Por qué no veo a sus papás biológicos? —preguntó Elías, sin querer admitir que ya estaba cayendo en el chisme.
Fabio negó con la cabeza:
—Tengo entendido que sus padres biológicos ya... Bueno, dicen que en su pueblo solo le quedaba su abuela.
Entonces la señorita Ortiz tenía una historia bastante triste.
Fabio no quiso indagar más en la vida privada de Cecilia; le estaba profundamente agradecido.
Su padre estaba mucho mejor, y ahora platicaban más a menudo.
Si su padre había logrado salir de esa depresión, todo había sido gracias a ella.
Mientras tanto, Cecilia seguía en la entrada recibiendo a los invitados.
Sentía que los pómulos ya se le estaban acalambrando de tanto sonreír.
Ese día, Agustín llegó junto con la familia Ortega.
Su entrada no pasó desapercibida; parecían salidos de una revista.
Aunque no estaban todos los miembros de la familia Ortega, su sola presencia imponía.
Hombres como Valentín y Agustín destacaban fácilmente del resto; al ser jóvenes y atractivos, no tardaron en acaparar las miradas.

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