Esteban sabía que ella tenía razón, pero la gente con talentos de ese calibre corría riesgos estuvieran donde estuvieran, como blancos fáciles para la envidia y los enemigos corporativos.
Antes de reencontrarse con su nieta, Esteban prácticamente había perdido toda esperanza de que su hija siguiera viva.
Ya se había hecho a la idea de lo peor.
Pero desde que vio a la muchacha, sentía que a lo mejor el milagro sí era posible. ¿Y si un día ella cruzaba la puerta?
Al fin y al cabo, la aparición de su nieta había sido el regalo más grande y sorpresivo para la familia Ortega.
Muchos niños del pueblo andaban pegados a Cecilia, comiéndose el “pan de la suerte” que habían repartido, porque las señoras decían que el que lo comiera iba a sacar puros dieces en la escuela.
Cecilia andaba feliz de la vida platicando y jugando con todos.
El único que estaba arrinconado y sin querer acercarse era Alex.
Al notar que estaba agüitado, Cecilia esquivó a los demás niños y fue a buscarlo directo.
—¿Qué traes, Alex? ¿Todo bien?
El niño se puso chiveado cuando vio que la heredera iba a buscarlo.
—Señorita Cecilia, yo...
Cecilia lo frenó enseguida:
—Dime Cecilia, por favor.
Eso de que la llamaran con títulos importantes la ponía bastante incómoda.
—Cecilia, mi papá no regresó.
El papá de Alex trabajaba en otro estado, y el niño se había hecho a la idea de que, como todo el pueblo estaba festejando la graduación de Cecilia, a lo mejor le daban permiso en la chamba para venir a verlos.
—¿Ah, sí? Oye, ¿y si le marcamos ahorita? Mi celular tiene para hacer videollamada, así puedes verlo y platicar un ratito.
A Alex se le iluminó la cara. Su papá llevaba muchísimo tiempo sin pisar el pueblo y de verdad lo extrañaba con toda su alma.
Sobre todo en las fiestas de fin de año pasadas; nunca supo cómo decirle a su mamá que se moría por verlo.


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