Todo el dinero que ganaban sus hermanas se lo daban para pagarle la escuela.
Por eso, él y Matías eran exactamente la misma basura.
Como se había aprovechado toda la vida de sus hermanas, obviamente estaba de acuerdo con los Calvo: la familia debía ayudarse mutuamente, para que luego él pudiera convertirse en el gran soporte de la casa.
Según él, solo había soltado la verdad en internet. Jamás imaginó que le llovería el odio masivo de la gente en redes.
Hasta creía que lo insultaban porque todos los demás eran una bola de egoístas que no entendían el sacrificio familiar.
Al menos lo creyó hasta que su propia novia dio con sus publicaciones, gracias al chisme que le pasaron sus amigos.
—Ernesto, ¿me quieres explicar qué carajos significa esto?
Ernesto nunca se esperó que su novia fuera a cachar todas las burradas que soltó en Twitter.
Sus ojos lo delataron por su nerviosismo, pero intentó defenderse:
—Ay, solo estaba opinando, ¡y ni siquiera dije ninguna mentira! La familia está para apoyarse, ¿no?
—Si sus papás no tienen la capacidad económica, y ella ya es rica, ¿no es su obligación echarles la mano?
—Digo, la trajeron al mundo y le dieron de comer todos estos años. Tienen el mérito de haberla criado, ¿no?
Entre más hablaba, más se convencía de que tenía la razón absoluta.
Agarró vuelo creyéndose dueño de la verdad, sin notar que a su novia se le iba torciendo cada vez más el gesto.
—A ver, me habías dicho que tenías dos hermanas, ¿y que las dos dejaron de estudiar para ponerse a trabajar en la calle? —preguntó ella con una expresión rarísima.
Ernesto no lo ocultó y asintió muy quitado de la pena:
—Pues sí. Ellas ya no quisieron seguir estudiando, dijeron que preferían meterse al campo laboral más rápido. Aparte, también fue culpa de que no había mucha lana en mi casa para pagarnos a los tres.
—Y me imagino que cuando estaban en la escuela tenían peores calificaciones que tú, ¿verdad? —La novia ya no se tragaba ni media palabra suya.
Sentía que su novio le estaba escondiendo algo.
La sonrisa de Ernesto se congeló por un segundo antes de volver a asentir:
—Claro, yo siempre fui el más listo para la escuela en mi casa.
¿El más listo, y apenas le alcanzó para entrar a una universidad privada de medio pelo?
Obviamente su novia no le compró el cuento.

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