—Tú no hiciste nada, ¿verdad? ¿No sabes lo que sale de tu boca?
—¿Buena fe? ¡Eres un hipócrita asqueroso!
—¡Guácala! —Sandra puso cara de asco.
Si el maestro no hubiera estado ahí, seguro le escupía en la cara.
El chico acusó de inmediato:
—Maestro, ¿ya vio su actitud?
El maestro revisó al alumno:
—Ya, ya, deja de llorar. ¿Un hombre hecho y derecho llorando así por unos golpes?
—Los puños de las niñas son suaves, ¿qué tanto te pueden doler?
El chico no podía creer lo que oía:
—¿Habla de otras niñas o de estas dos?
—¡Mire mis ojos! ¿Le parece que eso no dolió?
El maestro vio los ojos morados como de mapache y casi se ríe.
Sandra tampoco estuvo de acuerdo con que sus puños fueran suaves:
—¡Profe, solo le dimos su merecido!
El maestro la fulminó con la mirada. Ya la estaba defendiendo, ¿y todavía se pone exigente?
¡Que se espere a que lleguen los papás del otro a armar lío!
—Maestro, espérenos tantito, comemos rápido.
Cecilia no quería que la regañaran con el estómago vacío.
Jaló a Sandra:
—¡A comer!
Las dos comieron con gusto, mientras el maestro se llevaba al chico a la enfermería primero.
Antes de que se fuera, Cecilia le susurró tres palabras al oído:
—¡Aceite de coladera!
Las carnes del chico temblaron. Entendió el mensaje: era una amenaza.
Si su familia hacía un escándalo, el asunto del aceite sucio en sus restaurantes saldría a la luz.
No sabía cómo Cecilia se había enterado; habían sobornado a periodistas e inspectores.
¿Qué hacía ahora?



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