—No tiene nada de bueno admitirlo. Prefiero mantener un perfil bajo.
Cecilia se terminó una pequeña empanada.
Sabía bastante bien, era de carne de res.
Le ofreció una a Estella:
—Pruébala, está muy buena.
Estella no se negó.
Antes solía aceptar la comida que le invitaba Viviana y luego se lo pagaba de otra forma.
Hoy había decidido ayudar a Cecilia a ir por agua caliente.
Cecilia no sabía lo que estaba pensando, pero si eso hacía sentir más cómoda a Estella, le parecía bien.
—¿Qué tal? —preguntó Cecilia, mirándola con expectación.
La verdad es que tener con quién compartir la comida era algo maravilloso.
Cuando vivía con la familia Ortiz, era raro que todos se sentaran juntos a comer.
Y cuando lo hacían, nunca preparaban lo que a Cecilia le gustaba, y los temas de conversación en la mesa siempre le revolvían el estómago.
Todo lo contrario a ahora, que se sentía un ambiente relajado y libre.
La sensación de compartir la comida con personas afines era increíble.
—Está riquísima.
Estella lo decía en serio.
En su casa jamás probaba comida como esa.
Incluso si llegaban a comprarla, todo se lo terminaba comiendo su hermano Alberto.
—Entonces cómete otra, no voy a poder con todas —dijo Cecilia, pasándole una más.
—Gracias, pero entonces debiste comprar menos —respondió Estella.
—¿A poco no salen más baratas si compras la orden completa? —Cecilia se terminó la última empanada y se tomó todo su jugo.
«Es cierto que la orden completa sale más barata, pero... ¿comprar más no implica gastar más dinero en total?», pensó Estella.
No entendía muy bien la lógica financiera de su compañera, pero sabía que Cecilia lo hacía de buen corazón para invitarle un poco más.
Se sentía muy agradecida con ella.

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