—Estella, ¿segura que Macarena no te está obligando a hacer esto?
A decir verdad, había sido Mireya quien fue a buscar a Macarena y pescó a la chica lavando el calzado.
Mireya y Estella apenas llevaban unos días de conocerse, así que tampoco había la suficiente confianza para soltarle sus sospechas de frente.
Pero lo primero que se le cruzó por la mente fue que se estaban aprovechando de la pobre joven.
No porque Macarena fuera una mala persona, sino que, si le suplicaba el favor, tal vez Estella no se atrevía a batearla.
Macarena estaba acostumbrada a mandar a todo el mundo, pues toda su vida le habían servido la comida en bandeja de plata y le resolvían cualquier nimiedad.
En su mansión siempre había tenido sirvientes a su disposición.
Estella, en el otro extremo, venía de una casa donde era costumbre agachar la cabeza y soportar abusos sin saber cómo quejarse.
Aquel dúo era una bomba de tiempo; si no ponían límites, las cosas podían acabar muy mal.
Como Mireya no quiso meterse, le pasó el chisme a Cecilia.
Cuando Cecilia lo vio con sus propios ojos, se limitó a fruncir el ceño sin armar escándalo. Se esperó al descanso para apartar a Estella y charlar a solas.
—No —respondió Estella, claramente sorprendida por el reclamo de su amiga.
Y no pudo evitar sonrojarse de la vergüenza.
—¿Entonces por qué le andas lavando los tenis? —Ya había chismes rodando por los pasillos sobre que Estella era la «sirvienta personal» de Macarena.
Esas mismas burlas habían desatado el pleito físico del otro día.
Aunque ahora las murmuraban por lo bajo para que Macarena no las escuchara, el rumor seguía más vivo que nunca.
—Yo... —Estella titubeó.
Cecilia frunció el ceño.
—¿Hay algo que no me estés contando?
—Si es por pena a decirle que no a Macarena, lo único que logras es que jamás aprenda a valerse por sí misma.
—Se va a malacostumbrar cada vez más y ni siquiera va a notar que está cometiendo un error.
—Va a dar por hecho que tienes que servirle toda la vida.
Estella movió las manos, angustiada.
—¡De verdad que no es así!
—Ella me está pagando.
—¿Eh?
Ahora fue el turno de Cecilia de quedarse perpleja.

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