Mauricio se quedó sin palabras.
«Profesor, se nota que tiene mucha experiencia», pensó.
«Y que recalque específicamente a las mujeres, significa que seguro le ha ido mal con alguna».
—No te hagas ideas raras. A lo que me refiero es que las mujeres también han hecho aportes sobresalientes en el campo de la medicina, y tu patético machismo no tiene cabida aquí —le aclaró con firmeza—.
—Así que deja de menospreciarlas.
Aunque lo habían descubierto en parte, Mauricio intentó defenderse:
—Profesor, yo no estoy menospreciando a nadie.
Pero el profesor Tovar no quiso decir nada más.
Su alumno no había mostrado ese tipo de actitudes antes, pero al encontrarse hoy con Cecilia, todo se hizo muy evidente.
Menospreciaba a las doctoras sin tener idea de cuántas mujeres ilustres había en esta profesión.
Si no escuchaba razones, tarde o temprano se iba a dar de topes.
Por primera vez, el profesor Tovar se sintió decepcionado de su estudiante.
Antes pensaba que era alguien esforzado, con ganas de superarse y que amaba la medicina; que algún día lograría destacar.
Pero ahora, ya no pensaba lo mismo.
—¡La cirugía fue todo un éxito!
El cirujano principal, Alexander, salió junto con Cecilia.
Ambos se veían muy agotados.
La operación no duró mucho, pero hacerla bien había sido un reto.
Al fin y al cabo, la rama se había clavado en el peor lugar posible.
Un mal movimiento y el chico habría perdido sus testículos, arruinando prácticamente el resto de su vida.
Por poco y se queda sin descendencia. Sin embargo, al final solo perdió uno de sus testículos.
Eso no era raro en el ámbito médico, pero sí en la vida cotidiana.
Probablemente era el único en toda la Universidad de Viento Claro.
El joven aún no despertaba, y quedaba por ver si podría asimilar la realidad cuando lo hiciera.
De entrada, ya no podría participar en el campamento de inducción, y una sanción disciplinaria era inevitable.

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