Cuando Emilio regresó a Villa de la Paz ya eran las once y media de la noche. Al entrar, notó que tanto la sala como la recámara estaban sumidas en completa oscuridad.
Encendió la luz oculta y empujó la puerta del dormitorio. Aprovechando el tenue resplandor amarillo que se colaba desde el pasillo, se quedó mirando a la persona que ya dormía profundamente en la cama. Por un instante, su expresión se tensó, casi imperceptible.
Permaneció de pie junto a la cama unos segundos. Luego se quitó el saco y se fue a la habitación de al lado para darse un baño.
...
A la mañana siguiente, un rayo de luz se filtró por la rendija de la cortina, iluminando la cabecera de la cama.
Celina entreabrió los ojos con lentitud y, lo primero que vio, fue el perfil marcado y atractivo del hombre a su lado.
Él había puesto el brazo justo bajo el inicio de su cadera, evitando presionar su abdomen. Ese gesto tan cuidadoso, como si la tuviera en un pedestal y la protegiera del mundo, le hizo pensar que quizá alguna vez la había amado...
Era una imagen perfecta: recién casados, todo dulzura y caricias...
Lástima que entre ellos existía una distancia tan grande, tan profunda, como si los separara el fondo de un océano imposible de alcanzar.
Y Celina ya no tenía intención de adentrarse en el mundo de Emilio.
Recobrando la compostura, apartó suavemente el brazo de él. Ese movimiento bastó para que él se despertara.
El hombre la miró, con una expresión difícil de descifrar.
—Vaya, sí que dormiste tranquila.
—Ni modo, ya es costumbre. Cuando llega la hora, me da sueño y me duermo. —Celina habló como si nada pasara. Antes, jamás podía dormir bien; la mitad de las noches la pasaba esperando a que él llegara, y cuando el cansancio la vencía, terminaba en el sofá.
En esa época, se aferraba demasiado.
Pero obsesionarse nunca trae nada bueno.
Pensó que él diría algo más, pero Emilio solo soltó una risa suave.
—Cuando una mujer tiene algo en el vientre, suele darle mucho sueño.
¿Algo en el vientre?
Celina se quedó pasmada.
—¿De qué estás hablando?
—¿No te acuerdas lo que compraste en la farmacia? ¿O tengo que explicártelo? —Emilio se sentó con calma, empezando a vestirse.
Ella también se incorporó, mirando cómo él se dirigía al vestidor.
—¿Fuiste a la farmacia aquel día? —le gritó.
¿Desde ese día había empezado a sospechar de ella?
Si Emilio llegaba a saber que estaba embarazada de él, seguramente le pediría que no tuviera ese hijo. Ya tenía uno, ¿iba a permitir que ella diera a luz al suyo?
Mientras abotonaba la camisa, Emilio se quedó en la puerta del vestidor.


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