Cuando Emilio subió a Celina al carro, el portazo amortiguó el bullicio exterior. Solo se alcanzaba a ver a Helena tirada en el suelo, pataleando y gritando, mientras Isidora se quedaba paralizada, con la mirada perdida. Los demás no dejaban de murmurar y señalar a la familia Flores, pero Celina ya no lograba escuchar nada de lo que decían.
Emilio le acarició con los dedos la mejilla, inflamada por el llanto. Celina, por instinto, apartó la cara, pero él ya esperaba esa reacción y la jaló hacia su pecho.
—¿Por qué no volviste a casa?
Celina, agotada, contestó con voz apenas audible:
—¿Casa? ¿Todavía tengo un hogar?
—Villa de la Paz es tu casa —replicó Emilio, mientras le quitaba la diadema barata que llevaba puesta y la aventaba por la ventana—. Esos Flores ni la vergüenza conocen, hasta las perlas de sus adornos son de plástico. Me da curiosidad: ¿cuánto les pagaron para que Helena Flores vendiera a su nieta?
Celina apretó las manos, en silencio.
Emilio sujetó su quijada y le giró la cabeza con firmeza, obligándola a mirarlo de frente.
—De verdad que cada día me das más dolores de cabeza.
—No le pedí a usted, señor Arce, que se preocupara por mí.
El ceño de Emilio se marcó con fuerza.
—¿Entonces para quién guardas tus preocupaciones? ¿Para ese tal Bernal?
Celina intentó zafarse de su abrazo, pero Emilio la rodeó con más fuerza. Su maquillaje de ese día, inocente pero llamativo, resaltaba su belleza a pesar del vestido de boda tan corriente que llevaba.
Al pensar que el hombre con el que la iban a casar era un iluso, la expresión de Emilio se ensombreció de golpe. Que desapareciera esa fábrica de acero no iba a ser suficiente.
...
De regreso en Villa de la Paz, Emilio llevó a Celina directo al baño, sin decir una palabra. Comenzó a quitarle la ropa, pero ella cayó sentada en la tina, abrazándose y temblando.
—¡No me toques!
Emilio apretó los labios, su mirada se endureció. Tras unos segundos, desvió los ojos.
—Cámbiate la ropa, no te voy a tocar.
Solamente después de que Emilio salió del baño, Celina pudo empezar a calmarse. Aunque Emilio la hubiera salvado, no podía confiar en él.
Ya no podía confiar en nadie.
...
Dos días después, la fábrica de acero fue clausurada. La familia de Isidora perdió varios millones de pesos. Al enterarse de que todo era por culpa de su hija, el papá de Isidora fue tres veces a pedirle audiencia al Grupo Arce, pero en todas le negaron la entrada.
Salieron del cementerio y subieron al carro. Al llegar a Villa de la Paz, Emilio recibió otra llamada de trabajo y le indicó a Celina que subiera primero.
Celina tampoco pensaba esperarlo. Tomó el elevador y, al salir a su piso, se encontró de frente con Abril Rojas, esperando afuera de la puerta.
—¡Emilio! —Abril se giró al escuchar el sonido del elevador, sonriendo, pero al ver que era Celina, la sonrisa se le borró un poco—. Ah, eres tú…
—Si buscas a Emilio, está abajo —le dijo Celina, pasando junto a ella y tecleando la clave de la puerta.
Justo cuando iba a entrar, Abril la detuvo:
—Celina, de verdad, lo siento mucho. Lo de tu mamá… te juro que hice todo lo que pude.
Celina se detuvo y la miró de vuelta, con el entrecejo fruncido.
—¿A qué te refieres?
Abril vaciló. ¿Emilio no le había contado nada?
De repente, sonrió con un aire misterioso, fingiendo inocencia pero con una chispa de satisfacción en la mirada.
—Quién iba a pensar que, después de perder a tu papá, ahora te quedabas sin tu mamá también. Mira, yo no quería hablar de tu hermano delante de tu mamá, pero fue ella la que empezó a buscarme pleito.

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