Emilio apretó el vaso entre sus manos, la voz grave y rasposa.
—¿De verdad piensas que la estoy protegiendo?
—Eso… Abril lo dijo ella misma. Que usted nunca se mete en sus asuntos y que detesta a la familia Flores. Así que aunque yo le hiciera algo a los Flores, usted no la culparía a ella.
Valentina no ocultó nada. Si no fuera por la promesa de Abril, ¿acaso se habría atrevido a tanto?
En cuanto terminó de hablar, el hombre quedó en absoluto silencio.
El ambiente en el privado se volvió tan tenso que daba miedo respirar.
Él no decía nada y Valentina tampoco se atrevía a abrir la boca. Pasaron varios minutos así, hasta que Emilio finalmente le permitió marcharse.
Apenas salió del privado, Valentina pudo soltar el aire contenido. No sentía que hubiera traicionado a Abril, más bien se estaba salvando a sí misma.
Emilio permaneció sentado en el sofá un buen rato, con la mirada oscurecida y el ánimo por los suelos.
¿Así lo veían los demás? ¿Como si dejara que Abril hiciera lo que quisiera?
Celina también lo consideraba así…
Por eso ella…
Lo odiaba.
Ya no sabía si lo que más le dolía era la herida en el abdomen o el vacío en el pecho. De cualquier forma, se sentía hecho polvo.
Lea lo miró de reojo.
¿Apenas ahora te das cuenta de lo mal que has actuado por esa mosca muerta? Ni ganas de decirle nada.
...
Esa noche, Emilio regresó muy tarde a la Villa de la Paz. La sala seguía oscura. Encendió la luz empotrada y fue directo a su habitación. Al intentar abrir la puerta, notó que estaba con seguro.
Frunció el ceño.
No era la primera vez que Celina cerraba con llave por dentro. Seguro seguía resentida con él.
No tocó ni hizo ruido. No pensaba despertarla. Mejor se fue a dormir al cuarto de visitas.
...
Al amanecer, Emilio pasó junto al cuarto principal. Imaginó que Celina ya estaría despierta y tocó la puerta, decidido a hablar en serio con ella.
Pero por más que tocó, nadie respondió.
Encima, Emma tampoco había ido a trabajar esa mañana.
Una inquietud le recorrió el cuerpo. Marcó el número de Emma.
—¿La señora salió ayer?
—¿Salió? No, yo solo sé que ella me dio dos días libres —contestó Emma.
Cada palabra era como una cuchillada, directa al corazón.
[Celina, no creas que por no contestarme en WhatsApp puedes esconderte. Emilio, al saber que me intenté quitar la vida, se preocupó muchísimo y estuvo conmigo toda la noche.]
[Aunque hayas publicado tu acta de matrimonio con Emilio en el grupo de trabajo, ¿de qué te sirve? La que no es amada siempre será la otra.]
[¿Ahora te quedaste callada? ¿Te duele que tu marido esté con otra mujer? No es que quiera hacerte daño, pero si no te aferras a Emilio como lapa, ¿qué esperabas?]
Emilio leyó y releyó cada mensaje.
Cada vez sentía que el pecho le ardía más.
Los ojos se le enrojecieron, la mirada se volvió como hielo, y estuvo a punto de destrozar el teléfono con la mano.
[Deja de amenazar con el divorcio, eso no me preocupa.]
[Si a ella le pasa algo, tú y la familia Flores no van a tener paz.]
[Ya tienes todo lo que ella jamás podrá conseguir. Aunque te pida que la aguantes, que la soportes, te toca aguantarte.]
Las palabras que le había dicho a Celina resonaron en su cabeza de golpe. Apenas ahora entendía cuán cruel había sido con ella.
Si tan solo la hubiera creído una vez…
Solo una vez.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Celina: entre la medicina y el adiós definitivo