A principios de cada mes, Leandro siempre le transfería dinero puntualmente.
—Yo… —Axel tartamudeó buscando una excusa—: La verdad es que últimamente quiero poner un pequeño negocio, por eso quería ver si Camila me podía prestar algo de dinero.
Que él le pidiera dinero a Camila cada mes era algo que Leandro desconocía. Le había prometido a Camila que no le contaría nada a Leandro sobre ese asunto.
Pero, ¿quién iba a imaginar que el que contestara la llamada sería precisamente Leandro?
Axel vivía de esas dos transferencias mensuales. Y como los acreedores ya estaban a punto de volver a aparecer, necesitaba sacarle un poco más a su propia hija.
—¿Cuánto necesitas? —preguntó Leandro, fastidiado.
Al escuchar la pregunta, Axel respondió al instante:
—No es mucho, con cien mil pesos me alcanza.
Para Leandro, cien mil pesos no eran nada, ni siquiera una gota en el océano.
Pero era muy consciente de que Axel era un apostador empedernido. Cuando se casó con Camila, ya le había ayudado a saldar deudas de apuestas que tenía afuera.
Sin embargo, al poco tiempo Axel volvió a endeudarse, y una y otra vez fue a pedirle dinero. Tanto insistió, que al final terminaron acordando que cada mes Leandro le transferiría una cantidad fija, pero si se atrevía a armar algún escándalo, no iba a recibir ni un peso.
En los últimos dos años Axel se había calmado bastante, pero viendo la situación, era evidente que no había cambiado en lo absoluto.
Leandro terminó la llamada y, pensativo, le dio una orden a Manoel:
—Revisa los movimientos bancarios de Camila cada mes.
—Entendido —contestó Manoel.
Leandro miró el celular de Camila y volvió a hablarle a Manoel:
—Da la vuelta.
Manoel dudó un poco y preguntó:
—¿Vamos a buscar a la señora?
Leandro no contestó, pero Manoel entendió la indirecta.
Sin perder tiempo, Manoel giró el carro y regresó al lugar donde habían dejado a Camila.
Cuando llegaron, ya no vieron rastro de ella.
—Señor, parece que la señora ya se fue —dijo Manoel después de mirar a su alrededor y confirmar que Camila no estaba.
Leandro volvió a mirar la bolsa y el celular de Camila, y murmuró con indiferencia:
Al escuchar la pregunta, Leandro entrecerró los ojos con una expresión peligrosa.
—¿A dónde se supone que debe regresar?
—¿Leandro? —Eloísa reconoció de inmediato esa voz fría e implacable.
Pero ese era el celular de Camila, ¿cómo era posible que contestara él?
—¿Por qué contestas tú? —preguntó Eloísa, totalmente confundida—. ¿Camila está contigo?
Al notar el tono de sorpresa, Leandro sintió que algo no cuadraba.
—¿Te parece raro que esté conmigo?
—Pásame con ella —le exigió Eloísa, sin la menor intención de ser amable.
Sin dudarlo, Leandro colgó. “Tal para cual”, pensó; las amigas de Camila eran igual de conflictivas e insoportables.
De pronto, perdió el interés por el trabajo y se fue directo a la habitación.
Apenas entró, notó que la puerta del clóset estaba entreabierta.
Él casi nunca pasaba la noche allí, así que el clóset estaba lleno de ropa de Camila.

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