Él quiso decir algo, pero se contuvo, deseando advertirle a Leandro lo grave que era la situación.
Para él, tomar dinero de la familia Ortiz para ayudar a los propios era una total falta de vergüenza. Si la señora se enteraba, seguro iba a explotar de coraje.
Pero solo Leandro sabía, muy en el fondo, que en cinco años de matrimonio, ella jamás había gastado ni un solo peso suyo.
Cuando recién se casaron, él le había dado una tarjeta, como dinero para sus gastos personales. Cada vez que ella la usara, él recibiría una notificación, pero hasta ahora, esa tarjeta seguía intacta.
Con un sueldo mensual de cincuenta mil pesos, después de darle una parte a sus padres, ¿le alcanzaría a ella con lo que quedaba?
De pronto, Leandro sintió un enojo inexplicable.
—Esa cantidad de sueldo, que haga lo que quiera con ella —soltó, frustrado.
Lanzó una mirada rápida al celular que tenía a un lado y le indicó a Manoel:
—Dile que venga a mi oficina.
—La señora no vino hoy a la empresa —respondió Manoel, sin levantar la voz.
Leandro frunció el ceño.
—¿Otra vez pidió permiso?
—No lo sé.
El gesto de Leandro se endureció. Ya pasaba de las nueve y cuarto, y ella nunca llegaba tarde.
Otra ausencia, la solicitud de renuncia, luego irse de la casa, y ahora también llega tarde.
¡Vaya forma de jugar con la situación! Cada vez se le estaba haciendo más adictivo ese jueguito de hacerse la interesante.
...
Al salir del departamento de Martín, Camila tomó un taxi usando el poco efectivo que le quedaba. Se dirigió directo a la empresa.
Tenía que recoger su celular y su bolsa.
Apenas entró al edificio y se topó con Manoel, quien la saludó de forma distante:
—Señorita Guevara, llegó tarde.
Camila ya estaba acostumbrada a ese trato. Antes ni le daba importancia, y ahora, mucho menos.
—Manoel, ¿sabes si mi celular y mi bolsa están aún en el carro? —preguntó sin rodeos.
...
La puerta de la oficina del jefe estaba entornada. Camila tocó dos veces y entró.
Leandro estaba concentrado en sus pendientes, hasta que ella puso la carta de renuncia frente a él.
—Señor Ortiz, aquí está mi renuncia.
El primer vistazo fue suficiente: el sobre blanco tenía escrito en grande "Renuncia". El enojo le brotó de inmediato.
¡Esto ya era el colmo!
Leandro dejó todo lo que tenía en las manos y la miró de frente.
Notó al instante que ella seguía usando la misma ropa del día anterior. Su expresión se endureció.
—¿La familia Ortiz está en quiebra acaso? —disparó con sarcasmo—. ¿Ya ni para cambiarte de ropa tienes?
Él sabía perfectamente que Camila había recogido todas sus cosas y se había mudado a casa de Eloísa. Entonces, ¿cómo era posible que no hubiera cambiado de ropa en toda la noche?
A menos que, en realidad, ella no hubiera regresado a casa la noche anterior...

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