«Alchester es mi dios.»
Esto era lo que pensaba Galilea.
Mientras el resto de la manada encontraba motivos para señalarla, él había sido la única excepción. Desde siempre la trató con una amabilidad que nadie más le ofrecía.
Jamás se burló de su figura robusta ni del enorme lobo que habitaba en su interior, un espíritu tan corpulento que volvía su transformación más pesada. Aquello la había convertido en el blanco de las risas y los desprecios.
El día en que cumplió dieciséis años, cuando su loba maduró para reconocer el lazo, descubrió que Alchester era su compañero destinado.
Y aunque esperó el rechazo de su parte, eso nunca sucedió. Él aceptó que ella era su mate, pero lo mantuvieron en secreto.
Los años transcurrieron y Alchester siguió tratándola bien. Hasta que, siendo ya adultos, compartieron por primera vez una noche de intimidad.
Fue entonces cuando Alchester le sostuvo el rostro entre las manos y le hizo una promesa que Galilea grabó en el corazón.
—Eres mi compañera, nada cambiará eso. Cuando herede el puesto de Alfa, te presentaré ante todo el Clan como mi Luna. Nadie volverá a humillarte.
Ella le creyó, porque era el único que jamás la había mirado con desdén. A su lado imaginó un futuro distinto.
Sin embargo, la realidad terminó siendo mucho más cruel que cualquiera de sus temores.
La mañana en que Alchester asumió oficialmente el liderazgo del Clan Caerleon, convocó a toda la manada para un anuncio.
—Los he reunido para presentar a la loba que gobernará este Clan junto a mí. La futura Luna de Caerleon... es Tania.
Galilea escuchó aquella afirmación. No hubo confusión. No hubo duda. Solo la certeza de que cada promesa había sido una mentira.
Entre la multitud, Alchester encontró su mirada, y sonrió. No era una sonrisa avergonzada ni arrepentida, parecía la expresión de alguien completamente satisfecho con la herida que acababa de provocar.
Galilea abandonó el lugar antes de que las lágrimas la traicionaran frente a todos. Corrió hasta el pequeño cuarto que ocupaba como criada dentro del castillo y pasó el resto del día encerrada entre aquellas cuatro paredes.
Cuando cayó la noche, unos golpes rompieron la quietud. Al abrir la puerta, encontró a Alchester esperándola.
—¿Qué hace aquí, Alfa? —preguntó inclinando la cabeza, pero sin ocultar la amargura en su voz—. No imaginé que me buscaría después del anuncio de esta mañana.
Alchester cruzó el umbral y Galilea retrocedió por instinto. Él cerró la puerta y la observó en silencio durante unos segundos.
—¿De verdad creíste que alguien como tú podía convertirse en la Luna de este Clan?
Galilea alzó la vista. Sus ojos, hinchados por el llanto, aún conservaban el brillo de una esperanza que se negaba a extinguirse.
—Nunca soñé con ocupar un lugar tan importante —respondió con la voz quebrada—. Fue usted quien me hizo creer que era posible. Confié en sus palabras... porque somos mates.
Alchester soltó una risa y acortó la distancia entre ambos.



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