Galilea abandonó la alcoba cubriéndose el pecho con ambos brazos debido a la ropa desgarrada. Mientras corría, alcanzó a oír la voz de Alchester cuando ordenó que los guardias la arrestaran.
En ese momento comprendió que ya no podía seguir en el castillo. Ya no le quedaba nada dentro de aquellas murallas.
Siguió corriendo por los corredores mientras el estruendo de las botas de los guardias se acercaba cada vez más. Al llegar a la salida trasera del castillo, dejó que su loba tomara el control.
Su figura humana dio paso a una enorme loba gris, de pelaje abundante y complexión robusta. Luego cruzó el patio del castillo y se internó en el bosque.
Cinco guardias también adoptaron su forma de lobo y salieron tras ella.
Galilea se internó entre los árboles y siguió avanzando hasta que, a lo lejos, distinguió varias siluetas iluminadas por la luz de la luna. Eran numerosas lobas organizadas en distintos grupos.
Desesperada, corrió hacia ellas y se mezcló entre las desconocidas, intentando ocultar su corpulento cuerpo.
Las demás lobas la observaron confundidas e intercambiaron miradas entre sí.
—Por favor... no digan nada... se los suplico... no me delaten. Por favor... —susurró Galilea.
Los guardias llegaron hasta el grupo de lobas y se detuvieron a observar. El olor de tantas hembras se mezclaba, desorientándolos. Ninguno imaginó que la fugitiva pudiera ocultarse allí, así que reanudaron la búsqueda en otra dirección.
Cuando las siluetas de los guardias desaparecieron entre los árboles, Galilea exhaló aire, sintiéndose aliviada.
Sin embargo, cuando planeaba salir del grupo, un par de lobos aparecieron frente a ellas. Se trataba de una hembra de pelaje blanco, y su acompañante era un macho amarronado.
—¡Todas en marcha! —ordenó el lobo.
Las lobas obedecieron y comenzaron a caminar formando una fila ordenada. Galilea permaneció entre ellas. No sabía quiénes eran ni adónde se dirigían, pero abandonar el grupo le parecía peligroso.
Después de caminar varios metros, logró ver un enorme vehículo de transporte que en la parte posterior estaba protegida por gruesos barrotes de acero que formaban una amplia jaula, la cual estaba destinada al traslado de varias personas.
Una tras otra, las lobas comenzaron a recuperar su forma humana y subieron a la jaula. Todas se hallaban desnudas, al igual que Galilea, ya que Alchester le había destrozado la ropa.
Poco después, el enorme vehículo comenzó a avanzar.
—¿A-a dónde nos llevan? —susurró Galilea a quien estaba cerca de ella, pero la mujer solo la miró con extrañeza, como si su pregunta fuera absurda. No recibió respuesta.
Galilea intentó mantenerse despierta, pero terminó vencida por el sueño.
Cuando volvió a abrir los ojos, los primeros rayos del amanecer iluminaban el camino y, al mirar a través de los barrotes, se fijó en que ya no se hallaban en el bosque.
—Al menos ya no estoy en Caerleon... —murmuró ella y un pequeño suspiro escapó de sus labios.
El vehículo atravesó unas enormes puertas de hierro y se detuvo frente a un imponente palacio. Un empleado abrió la jaula y un grupo de criadas se acercó llevando mantas entre los brazos.
—¡Tomen y cubran sus cuerpos! —anunció una de ellas.
Galilea tomó la suya y se envolvió en ella. De pronto, la loba blanca que había visto en el bosque, había tomado su apariencia humana y se aproximó nuevamente.
—Síganme —ordenó ella, quien las guió por largos pasillos decorados lujosamente.
¿De qué se trataba todo eso? ¿Acaso todas ellas estaban destinadas a la servidumbre de dicho palacio? Fue lo que pensó Galilea.
Finalmente llegaron a una enorme sala donde, en el centro, había una gigantesca tina circular de piedra llena de agua caliente.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: CÓMO DOMAR A UN ALFA: LA LOBA CURVY SE CONVIERTE EN LUNA