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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 739

Celia se giró para esquivar su mirada y se apresuró a explicar:

—Es solo que tenía una pequeña molestia estomacal, pero ya pasó. Por suerte, el columpio no estaba muy alto y no me hice daño.

Al ver que Tomás seguía mirándola fijamente, Carlos se interpuso entre ellos.

—Ve a barrer la nieve. Yo la llevo adentro.

Luego, acompañó a Celia hasta el interior de la casa. La ayudó a sentarse en el sofá y preguntó con evidente preocupación:

—¿Estás segura de que te encuentras bien? ¿No deberíamos ir al hospital…?

—De verdad estoy bien, ya no siento nada. Solo fue el susto —respondió ella y suspiró, aliviada. Menos mal que el columpio estaba completamente quieto cuando cayó. Si hubiera estado en movimiento, las consecuencias habrían sido mucho peores.

—No debí haber armado ese columpio… —murmuró Carlos, culpándose a sí mismo.

Celia lo miró con ternura.

—Algún día servirá. Hoy solo lo estaba probando.

Carlos bajó la cabeza y, con la voz apagada, dijo:

—No fijé bien el soporte. Debí haberlo revisado minuciosamente ayer.

Celia le colocó una mano en el hombro y le dijo con suavidad:

—Ya basta. Olvídalo y no le des más vueltas al asunto.

Carlos asintió suavemente con la cabeza.

—Mañana tengo que irme. Siento mucho no poder pasar las fiestas contigo.

Él levantó la cabeza y, con una sonrisa llena de comprensión, le respondió:

—No pasa nada, ya pasamos muchas fiestas juntos. Mientras estés bien y seas feliz, da igual en qué lugar las pases.

Poco después, el celular de César vibró. Era un mensaje de Celia.

“Señor Herrera, ¿qué le parece si esta noche organizamos una barbacoa?”.

***

La noche cayó. Un lujoso auto negro estaba estacionado cerca de la residencia de los Sánchez. César llevó su mirada hacia el balcón de la habitación de Celia. Tras la cortina se alcanzaba a distinguir un tenue y cálido resplandor. Sacó su celular y le envió un mensaje.

Un instante después, una silueta apareció tras el ventanal y las cortinas se abrieron lentamente. Celia salió al balcón justo en el momento en que él bajaba del auto cargando dos bolsas en las manos. Acto seguido, él abrió la cajuela.

Ella se puso un abrigo grueso, abrió la puerta principal y salió al patio. En cuanto pisó el jardín, un intenso y delicioso aroma a barbacoa la envolvió. Se acercó a la cajuela abierta y vio que adentro había dos cojines de viaje, una mesa plegable y un calefactor portátil.

—Vaya, señor Herrera, preparó todo, ¿eh? —dijo ella, sin poder ocultar su sorpresa.

—Dijiste que Carlos ya estaba dormido y que no querías salir a cenar fuera —respondió César, acomodando la mesa y los cojines—. Así que tendremos que conformarnos con esto por hoy.

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