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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 806

Nicolás la miró con serenidad.

—¿Le gustaría acompañarme a cenar?

Nina Vidal, bastante desconcertada por la propuesta repentina, aceptó luciendo una sonrisa cálida. Apenas ambos abandonaron el lugar, Lía llegó a la oficina. Caminaba a pasos inquietos de un lado a otro frente a la oficina de Nicolás, devanándose los sesos para encontrar un buen pretexto para entrar, cuando de pronto Alexander salió del lugar.

—Lía, ¿ya te dieron el alta en el hospital?

—Sí —respondió ella y echó un vistazo hacia la oficina vacía—. ¿Adónde fue Nicolás?

Alexander vaciló un par de segundos, sin saber si era conveniente hablar.

—¿Pasa algo malo? —insistió ella al notar su duda.

—Salió a cenar con una mujer.

Lía hizo un gran esfuerzo por disimular la sacudida que sintió en el pecho.

—¿Una mujer? ¿Y cómo es ella? ¿Es joven? ¿Es bonita?

Alexander prefirió no lastimarla con detalles innecesarios. Decidió mentir.

—La verdad no lo sé. Solo escuché de que se trataba de una cita a ciegas.

Lía tomó aire profundamente y forzó una sonrisa.

—¿De casualidad sabes a qué restaurante fueron? —preguntó.

***

En un restaurante de ambiente exclusivo, Nicolás y Nina cenaban tranquilamente mientras de fondo se escuchaba una pieza de ópera tradicional.

—No tenía idea de que le gustara la ópera. La gran mayoría de los jóvenes de hoy en día no le encuentran el gusto —comentó Nina, sonriendo—. No creo que sea mucho mayor que yo.

—Es normal. La ópera es una manifestación artística que requiere de cierta paciencia para apreciarse. Los jóvenes como usted no suelen tener semejante paciencia —respondió él con calma.

—¿Qué pasa? ¿Ya va a cambiar de idea?

Nina se echó hacia atrás en el respaldo del sillón con los brazos cruzados.

—Usted se la pasó esquivando esta cita arreglada por nuestras familias durante meses. ¿A qué se debe que ahora acepte todo tan rápido? No me vaya a salir con que esto es una trampa, ¿verdad?

Quedaba muy claro que no era para nada una mujer ingenua. No iba a caer en ninguna trampa de los hombres.

Nicolás terminó el alcohol en su copa de un trago y la miró fijamente.

—Tampoco tiene ganas de casarse conmigo. Por eso, dejemos de fingir.

Sorprendida por su franqueza, Nina acarició con el índice el borde de su copa antes de decir:

—Entonces, necesita pedirme un favor.

—Necesito que me ayude a montar un espectáculo.

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